30.6.08

El Che y la recreación del marxismo

Por Atilio A. Boron
Página/ 12, Buenos Aires, 14/06/08


Una de las mejores maneras de conmemorar el octogésimo aniversario del nacimiento del Che es recuperar una de sus facetas menos conocidas o, tal vez, la más olvidada: su papel como recreador del pensamiento marxista en clave latinoamericana. Desconocimiento u olvido explicable por la celebridad adquirida como “el guerrillero heroico”, valiente como el que más y a la vez noble y generoso como pocos con sus vencidos. Un hombre cuya absoluta coherencia entre ideas, valores y conductas lo convierte en un paradigma insuperable, especialmente en épocas como éstas, en las que la traición a los viejos ideales –o la desconexión entre lo que se piensa o dice y lo que se hace– ha adquirido proporciones escandalosas.

Como bien lo recordaba días pasados Miguel Barnet, este extraño guerrillero cargaba en su mochila la poesía de León Felipe y Pablo Neruda. En sus campamentos en la selva boliviana tenía más de un centenar de libros, muchos de los cuales eran verdaderas joyas del pensamiento social universal. No fue casual su capacidad para recibir críticamente algunas de las categorías del marxismo y para someter a implacable crítica la grotesca deformación que éste había sufrido a manos de la Academia de Ciencias de la URSS y sus insoportables manuales de “marxismo-leninismo”. Hay un paralelo entre Gramsci y el Che: ambos repudiaron las codificaciones “escolásticas” del marxismo. El primero, burlándose en su breve escrito a propósito de la Revolución Rusa, “La revolución contra El Capital”, de la interpretación canónica de El Capital del principal teórico de la Segunda Internacional: Karl Kautsky. El Che, haciendo lo propio con los “ladrillos soviéticos” que también decretaban la imposibilidad de la revolución en los países atrasados.

Tanto uno como el otro libraron una exitosa batalla contra el “economicismo” décadas antes de que algunos intelectuales, arrepentidos de sus pecados juveniles, renacieran como infecundos posmarxistas y “descubrieran” el determinismo economicista que, según ellos, condenaba irremisiblemente la teoría marxista al cementerio de las ideas. Carentes del talento y la audacia intelectual que les sobraban a Gramsci y el Che, se rindieron ante las caricaturas y en lugar de repensar creativamente al marxismo optaron por adherir a la ideología dominante de su tiempo.

Heredero de una noble tradición, de la cual José Carlos Mariátegui fue el gran precursor, el Che concebía al marxismo en sintonía con la Tesis Oncena de Marx: en vez de interpretar el mundo, de lo que se trata es de cambiarlo. Como Lenin, creía que “el marxismo no era un dogma sino una guía para la acción”. Por eso, si la teoría se daba de bruces con la realidad aquélla debía ser meticulosamente revisada. Si el eurocentrismo del marxismo originario no le hacía lugar a la revolución socialista en la periferia había que depurarlo de esos condicionamientos y, sin tirar al niño junto con el agua sucia de la bañera, recrear la teoría para dar cuenta del inédito desafío. Y si los “manuales” postulaban una visión etapista y mecanicista según la cual no podía haber revolución socialista sin que antes hubiera una revolución democrático-burguesa liderada por la burguesía nacional, lo que había que hacer era arrojar esos textos por la borda y repensar todo de nuevo. En esta operación el Che demostró, al igual que los grandes clásicos del pensamiento marxista, que la teoría no es un edificio acabado sino un emprendimiento en permanente revisión y reconstrucción, y que el abandono de ciertas proposiciones (y sus correlatos político-prácticos) y su reemplazo por otras puede hacerse sin necesariamente menoscabar el argumento central del marxismo, que revela el carácter insanablemente injusto, explotador y predatorio del capitalismo. Demostró también que el proyecto socialista trasciende el marco económico o el productivismo: que de lo que se trata es de crear un hombre y una mujer nuevos, una nueva cultura, una democracia participativa integral, un internacionalismo concreto y eficaz, basado en la solidaridad y el altruismo. Todo esto requiere de un sustento material, pero si esa apoyatura no sirve de fundamento para lo otro el proyecto socialista estará desahuciado antes de nacer.

El legado teórico del Che es inmenso y la tarea de recuperarlo recién ha empezado. Sus pesimistas apreciaciones sobre la escena internacional de su tiempo, dominada por la “coexistencia pacífica” proclamada por la URSS, fueron proféticas; su visión de que no se puede construir el socialismo “con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo” es irrebatible a la luz de la experiencia reciente; sus análisis sobre la naturaleza incorregible y brutal del imperialismo se corroboran día a día, desde los “bombardeos humanitarios” de Bill Clinton hasta las torturas a niños y niñas iraquíes de 10 a 12 años definidos por Bush y su pandilla como “amenazas imperativas”, tal como lo expusiera Juan Gelman en este diario el pasado 12 de junio; igualmente preciso es su diagnóstico sobre la centralidad de la ideología cuando dice que “el capitalismo recurre a la fuerza pero además educa a la gente en el sistema” y lo viene haciendo desde hace quinientos años, con lo cual nos convoca a librar la “batalla de ideas” en todos los frentes. Y así podríamos seguir enumerando hitos de una reflexión teórica que no se detiene ante el saber establecido y prosigue incansable su marcha hacia horizontes de comprensión cada vez más profundos y abarcativos. Cuatro décadas después de su cobarde asesinato, el Che está más vivo que nunca.

14.6.08

Los 80 años del Che

Por Laura Vales, desde Rosario
Página/ 12, Buenos Aires, 14/06/08


Lo primero que habría que decir es que el Che no nació el 14 de junio de 1928, como figura en los papeles. Su verdadera fecha de nacimiento fue el 14 de mayo, pero su madre, Celia de la Serna, lo anotó un mes más tarde porque se había casado embarazada y no quería que su familia lo supiera. La habían criado unas tías muy católicas que hubiesen hecho un escándalo; así que viajó a Rosario para estar lejos cuando llegara el momento de dar a luz y después le dijo a todo el mundo que el bebé era sietemesino. Esta es la razón de que el Che naciera en esta ciudad, donde anoche empezaron tres días de festejos para celebrar el 80 cumpleaños de Guevara y en la que, como era de esperar, que la fecha sea verdadera o falsa a nadie le importa en lo más mínimo.

La actividad central de esta tarde será la inauguración del monumento hecho por el artista Andrés Zerneri, una escultura de bronce de cuatro metros y tres toneladas realizada con la participación de 15 mil personas que donaron llaves. Anoche, en la apertura de las festejos por el 80 aniversario, hablaron el gobernador Hermes Binner y el intendente Miguel Lifschitz (ver aparte). Los festejos fueron organizados por la Municipalidad junto al gobierno de Santa Fe (ambos socialistas), la Embajada de Cuba, la multisectorial de Solidaridad con Cuba y los independientes que se juntaron en la Comisión del Monumento al Che. Mañana, un recital hará el cierre. Alrededor de estos tres grandes eventos se organizaron además talleres, paneles, encuentros internacionales, muestras de fotos, actividades en las plazas y música en los bares.

Con tanto homenaje, la agenda tenía el gran riesgo de convertirse en un ataque masivo de retórica, pero la sorpresa fue que no, o por lo menos no en todos lados. Pasó que a la ciudad llegaron antiguos amigos de la infancia de Ernesto Guevara, compañeros en la Sierra Maestra, tres de sus hermanos y tres de sus hijos. Eso hace que se puedan escuchar menos discursos y cosas más de entrecasa.

Camilo y Ernesto son dos de los hijos del Che. Vinieron con Aleida, la mayor y más conocida de los hermanos, y a diferencia de ella no quisieron participar en paneles ni dar entrevistas. Ayer a la mañana estaban parados en la vereda del edificio de Luz y Fuerza, donde la CTA organizó un encuentro sindical, tomando aire entre las exposiciones de dos panelistas y tratando de escapar inútilmente a los pedidos de autógrafos y fotos.

Debe ser mucha carga ser el hijo del Che.

–¡¡Es una carga!! –confirma Ernesto, decidido a espantar cualquier posibilidad de una entrevista. Pero es sociable, y después de un rato agrega–. ¿Qué voy a hacer?... es lo que me tocó.

Cuenta que la que habla es sobre todo la mayor, Aleida. A él, en cambio, le gusta más escuchar a los que vivieron cosas con su padre. “Porque yo no tengo recuerdos de él. Nací en el ’65 y lo mataron en el ’67”. En la vereda y aprovechando el sol cuenta algunas cosas más, como que el Che tiene en Cuba nueve nietos. Que él estudió leyes como su hermano Camilo, que otra de sus hermanas es veterinaria y otra doctora.

Que es cierto que sus abuelos tenían apellido de familias acomodadas, pero que en Alta Gracia siempre alquilaron, y por eso andaban de casa en casa.

A Camilo, su hermano, le gustaron las anécdotas que adentro, en el auditorio de Luz y Fuerza, contó Orlando Borrego en un panel. Borrego peleó con el Che y lo acompañó después en el Ministerio de Industria, donde fue su mano derecha. En la charla, ante un auditorio de trabajadores e integrantes de la juventud de CTA, habló sobre el pensamiento económico del Che. En realidad, habló de su gusto por aprender. Contó que al convertirse en ministro, el Che estudió Economía Política, hasta que terminado el programa un día le pidió que le consiguiera un profesor de matemática. Estudiaba de noche, con el mejor profesor que le encontraron en la universidad; después pidió que le enseñaran Investigación de Operaciones. Y siguió con contabilidad. “Usaba una lapicera de tres colores, rojo, azul y verde, para hacer los balances.” Mandó a buscar profesores para que sus guardaespaldas aprendieran a leer y escribir y completaran el secundario, y mandó a algunos a la universidad. Borrego reveló también que a Guevara lo fascinaron las primeras computadoras y fue el que llevó la primera a Cuba, una IBM que mandó comprar quién sabe cómo a Estados Unidos e instaló en el Ministerio de Trabajo. “Tenía una cosa ligada a la cultura que era muy argentina. Por ejemplo, en los viajes tenía la costumbre de escribir”, señaló su antiguo colaborador, quien apostó a que si viviera, “a los 80 años el Che estaría sentado frente a una Pentium 4 volviéndolo loco a (Hugo) Chávez como su asesor”.

A cinco cuadras del edificio de Luz y Fuerza, en el rectorado de la Universidad, se hacía a la misma hora el Encuentro de Cátedras del Che, que reunió a docentes y estudiantes de 21 provincias argentinas, de Cuba, Paraguay y Venezuela. Ahí estuvo Aleida, que criticó el lockout agropecuario y se dijo impactada por las imágenes de los camiones tirando leche a la ruta en un país donde hay chicos para alimentar.

Otros de los que se puede cruzar caminando por la ciudad: Alberto Granado y Carlos Calica Ferrer, compañeros de los viajes por Sudámerica del Che; Harry Antonio Villegas Tamayo, el general Pombo, combatiente del Che en todas sus campañas, que se sumó a los revolucionarios a los 14 años.

Aunque los cortes de ruta y la falta de gasoil para los colectivos restaron algunas delegaciones que no pudieron viajar, los tres días de festejo son un lugar de encuentro para grupos de todo el país. Entre ayer y hoy también va a sesionar, por ejemplo, unas jornadas de organizaciones sociales. Hay un campamento de jóvenes y en el Club Central, del que se dice que era simpatizante el Che, se hace un campeonato de ajedrez para chicos. Los veteranos son mayoría en las charlas y paneles, mientras que a los sub 30 se los ve motorizando las actividades al aire libre. Alejandro Orellanos, de 28 años, es uno de los que llegó de Mendoza con Jóvenes de Pie. Con 140 compañeros, llevaron a una plaza una murga, una muestra de videos y pintaron un mural. “Mañana inauguramos un parque en un barrio, hecho con trabajo voluntario. Tratamos de traer a los festejos cosas concretas”.