21.11.08

Libro-homenaje a JCM

Convocatoria
Homenaje a José Carlos Mariátegui y sus
7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana

El Seminario Latinoamericano de la Universidad de Uppsala, Suecia, y la revista Wayra vienen trabajando en la preparación de un libro de homenaje a José Carlos Mariátegui y sus 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, que será publicado en el transcurso del año 2009.

El libro recogerá estudios sobre Mariátegui, sus 7 Ensayos, sus relaciones con la intelectualidad peruana de su tiempo y la vigencia de su pensamiento. Dichos estudios deben ser de entre 15 a 40 páginas en formato A4, escritas a espacio y medio y con letras Times New Roman de 12 puntos.

La fecha límite para la recepción de los trabajos, que serán evaluados por un comité especializado, será el 31 de diciembre de 2008.

Atentamente,

Hernán Horna
Uppsala universitet
Historiska institutionen
Thunbergsv. 3 A
751 26 Uppsala – Sweden
E-post: Hernan.Horna@hist.uu.se


Carlos Arroyo Reyes
Revista Wayra
Bernadottestigen 19 D
756 48 Uppsala – Sweden
E-post: carlos.arroyoreyes@telia.com

15.11.08

José Luis Mangieri

Por Horacio Tarcus
Página/12, Buenos Aires, 9/11/08


No me acuerdo si fue a fines de 1980 o principios de 1981. Laura Klein me preguntó si quería acompañarla a la Librería Finnegans de la Avenida Santa Fe. Había pasado por allí días atrás buscando un libro de Horacio Pilar, un poeta argentino entonces exiliado en el Brasil, y le habían dicho que volviera otro día, porque el dueño de la librería, José Luis Mangieri, que en ese momento no estaba, había conocido a Pilar y podría darle información.

–Mangieri, ¿el editor de La Rosa Blindada? Laura, ¡es imposible! Si hablamos de la misma persona, debería estar desaparecido, o exiliado, o muy bien guardado, no accesible en una librería de la Avenida Santa Fe...

La Librería Finnegans, especializada en literatura, psicoanálisis y filosofía, era regenteada por Cuca, su ex mujer, y atendida por un estudiante de filosofía llamado Jorge, pero Mangieri solía ir de visita por las tardes. Y esa tarde de fines del ‘80 o inicios del ’81 nos dirigimos a Finnegans y tuvimos la suerte de encontrarnos con José Luis Mangieri. Era por entonces un cincuentón flaco, ojeroso, con un ligero estrabismo que le daba cierto aire distraído y con un pelo lacio que se empeñaba en peinarse para atrás pero que a fuerza de rebelarse le terminaba cayendo sobre la cara. Allí no hizo gala del humor y el desparpajo que después le conocimos: contrariando su naturaleza más profunda, en la librería estaba más o menos compuesto y hablaba en voz baja.

Laura le consultó por el libro de poemas. Mangieri no recordaba que Pilar hubiese reunido sus poemas en un libro, pero quedó en averiguar mejor.

–¿Y cómo una piba como vos descubrió a un poeta medio secreto como Pilar?

–Bueno, leí unos poemas suyos en una revista de los ’60, Anthropos, y me interesaron mucho...

–Ahá.

Yo aproveché la ocasión y le pregunté, con la mayor de las cautelas (todavía estabámos en dictadura) por un librito de un marxista italiano, Paolo Chiarini, que había visto anunciado por las ediciones de La Rosa. Su título, La vanguardia y la poética del realismo, no era imposible de pronunciar en una librería durante aquellos años, años que nos enseñaron a establecer con mucha precisión cuáles eran los límites entre lo que se podía y no se podía pronunciar en un espacio público. Jamás hubiera pedido abiertamente un libro cuyo título incluyera las palabras “marxismo”, “lucha de clases”, o “imperialismo”, pero sí era posible solicitar, en el límite, uno que hablase de estética realista y vanguardias artísticas. Quien conocía el código, no tardaba en descifrar qué buscaba su interlocutor.

Mangieri no me miró, me escudriñó. Y, sin quitarme los ojos de encima, me dijo:

–Escucháme, ¿cómo alguien de tu edad puede saber con tanta precisión lo que anunciaba una editorial hace veinte años?

–Bueno –me defendí, con el tono de quien teme haber roto el juego por hacer una pregunta impropia–, durante todos estos años busqué en librerías de viejo y leí muchos de los libros que usted editó. Y usted tenía la costumbre de poner en una última hoja de cada libro un listado de los volúmenes aparecidos y de los que estaban por aparecer. En una de esas hojas, vi anunciado el volumen de Chiarini...

Mangieri, sin sacarnos los ojos de encima, hizo un silencio de algunos segundos y sin comentar nada del libro de Chiarini, nos dijo:

–Mañana es viernes. ¿Qué tienen que hacer a la noche? Bueno, entonces los espero en casa a comer un asado y vemos si tengo algunos de los libros que están buscando.

Ese viernes llegamos a la casa de Mercedes 936, en el barrio de Floresta. Era la típica casa chorizo porteña: por detrás de la reja de entrada, asomaba un jardín frondoso, selvático; a la derecha, la galería semicubierta; a la izquierda, las habitaciones dispuestas en forma sucesiva. Una vez que traspusimos la puerta de ingreso llegamos al primer cuarto, donde había un escritorio y un sofá que hacía también las veces de cama. A este cuarto lo seguía el living-comedor y después venía el cuarto de su madre (Mangieri, separado hacía poco tiempo, había vuelto a instalarse en la casa paterna, entonces habitada solamente por su madre, ya muy anciana, y su vida se concentraba en aquella primera habitación-escritorio). Al final de la casa estaba la cocina, atiborrada de enseres antiguos, sifones de vidrio en desuso y botellas de Ginebra Llave. Al fondo había otro pequeño espacio verde donde se levantaba la parrilla.

Los libros invadían literalmente todas las paredes de todos los cuartos. Había libros no sólo en las bibliotecas, sino también libros en los pasillos, libros en el cuartito de las escobas y los trastos de limpieza, libros bajo las mesas, libros apilados en el suelo, libros en el cuarto de baño...

Aquí conocimos al verdadero Mangieri, que no era el librero discreto de la Avenida Santa Fe. En su propio hábitat, era un demonio desatado: mientras servía entusiasta el asado y llenaba las copas con vino tinto, desbordaba historias de la vida política, poética e intelectual de los años ’60 y ’70. Nosotros lo asediábamos con preguntas, pero el relato de Mangieri no siempre se atenía a ellas. No es que no nos escuchara, es que su relato seguía su propio curso imprevisible e irrefrenable. Y muy por el contrario, lejos de no escuchar, registraba todo lo que oía, como si a pesar de su aire distraído fuera capaz de captar, acaso con ese ojo estrábico, una suerte de sintonía íntima en sus interlocutores.

Acaso por primera vez en varios años, aceptando el curioso pacto que este hombre había hecho con la vida y con la muerte, esa noche hablamos libremente de política, de revolución, de organizaciones armadas, de los desaparecidos, de los presos, de los exiliados, rodeados de libros prohibidos que se contaban por miles; hablamos como si no estuviéramos en dictadura, como si no corriéramos riesgo alguno en una casa que era una suerte de polvorín de papel.

Sus relatos invocaban figuras que, a nuestros ojos de recién llegados, eran míticas, legendarias, pero Mangieri las humanizaba al presentarlas a través de innumerables anécdotas y al llamarlas por sus nombres de pila o sus apodos: así, a poco de empezar la conversación, González Tuñón ya era simplemente Raúl, Codovilla era “El Gordo”, Gelman era “Juancito”, Brocato era “El Narigón”... Esa noche desfilaron también en sus recuerdos el Tata Cedrón (ya no el titular del mítico cuarteto, sino el que apenas tenía un trío y había comenzado grabando en el sello discográfico de Mangieri), Mario Roberto Santucho y el mismísimo Che Guevara reuniéndose clandestinamente en Buenos Aires con un grupo de argentinos entre los que, sin lugar a dudas, estaba el propio Mangieri... Buscando por la casa viejos objetos, hurgando entre los recuerdos, los discos, los libros, las revistas que ilustraban lo que nos contaba, nos transportó como un mago, o mejor como un médium, a aquellos años amados y trágicos, vividos con tanta intensidad y que nosotros necesitábamos conocer para poder entender dónde estábamos parados y por qué...

Pero a la noche tarde interrumpió aquel conjuro, al menos esa parte del conjuro, y me dijo:

–Vos estabas buscando libros marxistas. Bueno, revisá la biblioteca con atención y andá poniendo en estas cajas todo lo que te falte.

–Pero, José Luis... –alcancé a balbucear–, yo te pedía algún libro que tuvieras duplicado porque lo habías editado vos, ésta es tu biblioteca personal...

–Mirá, Horacito: ésta que ves es la enésima biblioteca que armo en mi vida. Ya no me acuerdo cuántas veces la cana me allanó la casa y cada vez que venía se llevaba cientos de libros... Al principio se llevaban los libros políticos, pero en el ‘66 tuve el peor allanamiento de mi vida: se llevaron todo, toda la biblioteca, hasta el último papelito... ¡Hasta el reloj, que era un recuerdo de mi viejo, se llevaron! Esa sí que era una linda biblioteca, no sólo de política, de teoría marxista, había de todo: poesía, narrativa, teatro, toda la literatura del Grupo de Boedo, las primeras ediciones de González Tuñón, de Girondo, de Roberto Arlt, de Borges, de Payró... La deben haber hecho guita los muy hijos de puta. Bueno, yo me dije: nunca más vuelvo a armar una biblioteca... Pero viste cómo son las cosas, uno edita libros, los amigos libreros te regalan libros, entrás a una librería de viejo, te tentás y empezás a comprar otra vez... Y esta biblioteca que ves es la que se fue armando, así, estos últimos años, medio a los ponchazos. Así que en la vida los libros van y vienen, la biblioteca un día se reduce, de pronto crece otra vez... A mí me gusta que los libros circulen, yo estas cosas ya las leí en su momento y otras, las que no leí, no sé cuándo las voy a leer... Vos haceme caso, Horacito, subite a esta silla o si hace falta, te subís al escritorio que es más alto, revisá la biblioteca y separá todo lo que te interese. Vos haceme caso, después conversamos.

Trepado a la silla o al escritorio, le pasaba a Mangieri los libros que más me interesaban. El miraba con invariable simpatía lo que yo había escogido, hacía algún comentario sobre el autor, o sobre la edición, e inmediatamente lo acomodaba en las cajas.

–Uy, ¿este libro te vas a llevar? ¡La Revolución Rusa de Rosa Luxemburgo! ¡Qué clara que la tenía esta mina! Este me lo armó el Gordo Pancho. Ah, El estudiantado antiautoritario, de Rudi Dutschke, ¡no dejes de leer este libro! ¿Podés creer que lo teníamos en la imprenta y en Alemania un facho le pegó tres balazos en la cabeza al pobre Rudi Dutschke...? Tuvimos que imprimir la noticia en la retiración de contratapa. ¡Por suerte sobrevivió! Un cuadro teórico y un dirigente de masas, mucho más interesante que Debray, el francesito que encanaron en Bolivia. Bueno, también lo editó a Debray, seguro que vas a encontrar el libro por ahí, llevateló también. ¡Uy, Batir al naziperonismo del Gordo Codovilla! Llevateló, que este libro el PC lo sacó de circulación cuando Perón ganó las elecciones...

Pasaban por mis manos los libros inhallables bajo la dictadura, los autores que tanto queríamos leer: las ediciones de La Rosa Blindada, los Cuadernos de Pasado y Presente, los libros de Siglo XXI, las obras de Marx, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Lukács, Gramsci, Della Volpe, Althusser, Mariátegui...

–No, Horacito, no te ofendás, pero esta edición peruana de las obras de Mariátegui la quiero conservar. Perdonáme, ¿no?, pero le tengo un cariño especial.

Mientras yo devoraba la parte política de la biblioteca, Laura hacía su parte, separando sobre todo libros de poesía. Atacada la biblioteca por dos flancos, a eso de las cuatro de la madrugada habíamos llenado dos grandes cajas de cartón.

–Bueno –dijo Mangieri–, es una locura que se lleven este cargamento a esta hora de la madrugada: me dan su dirección que mañana, sábado al mediodía, les mando las cajas a su casa por el remisero de la vuelta, que es de confianza, quédense tranquilos.

La escena se repitió ya no sé cuántas veces a lo largo de casi tres décadas de amistad. Siempre, desde aquella noche memorable en que Mangieri me obsequió lo que iba a ser mi plan de lecturas para los años venideros, siempre que volví a comer un asado a su casa de la calle Mercedes, regresaba con una caja de libros y revistas. Me consta que hizo otro tanto con mucha gente de mi generación.

Algunas decenas de esos libros hoy forman parte de mi biblioteca, así como algunas primeras ediciones de Gelman o de González Tuñón integran la biblioteca de Laura Klein. Pero la mayor parte de lo que nos obsequió Mangieri, cientos de libros, folletos y revistas, hoy forma parte del acervo del CeDInCI. Cuando en abril de 1998 inauguramos nuestro centro, Mangieri acudió entre los primeros. Incluso llegó con un paquete de libros en donación. Vio con satisfacción el traspaso de aquel legado desde una biblioteca particular a un centro de acceso público. También se emocionó con que hubiésemos designado una sala con el nombre de Aricó y otra con el nombre de Brocato, sus grandes amigos de aventuras editoriales y políticas. “Mirá: el Gordo Pancho..., el Narigón.” Pero enseguida me llamó aparte y me advirtió: “Horacito, ni se te ocurra, nunca en la vida, jamás de los jamases, ponerle mi nombre a una sala, a una biblioteca, a un pasillo, ni a una silla, por favor te lo pido, ¿estamos?”

José Luis falleció el pasado sábado 1º de noviembre, a la edad de 83 años, en su casa chorizo de la calle Mercedes. Hubiera querido homenajearlo poniendo su nombre al menos a una sala del CeDInCI, pero, nobleza obliga, me atuve al compromiso contraído diez años atrás. Sin embargo, Mangieri nunca me pidió que no revelara la historia que estoy contando aquí.

Los lectores del CeDInCI seguramente lo ignoran, pero cuando piden La Rosa Blindada o Pasado y Presente, o cuando solicitan un libro de Trotsky, del Che o de Mao, un poemario de Gelman o de Tuñón, con su consulta mantienen viva la biblioteca y la hemeroteca que Mangieri rehízo una y otra vez y conservó durante los años más duros de la dictadura militar, y que una noche de 1980 o 1981 comenzó a regalar con una generosidad sin par a la generación que tomaba la posta.

5.11.08

De nuevo en la brega

Diversos percances y dificultades, como el abrupto e inexplicable corte del pequeño subsidio que recibíamos de Statens Kulturråd, el encarecimiento de los costos de impresión y correo, y los mismos problemas de salud –felizmente ya superados- de nuestro editor, llevaron a que La Hoja Latinoamericana dejase de salir por cerca de nueve meses. Pero ahora, inspirados por el mismo ánimo y optimismo de aquellos que hace más de veinticinco años fundaron la revista, estamos de nuevo en la brega, aunque con algunos reajustes que buscan garantizar la continuidad de este impulso noble y generoso. Así, de acuerdo a lo que hemos podido programar, La Hoja Latinoamericana saldrá en forma semestral, apuntará a tener un carácter monográfico e irá creciendo en su número de páginas.

El primer fruto de este relanzamiento de La Hoja Latinoamericana es el número que acaba de salir, dedicado en su integridad a recordar la figura y la obra de Ernesto Che Guevara. Se trata, en realidad, de una edición de colección que reúne, en un pequeño tomo de 52 páginas, las entrevistas que dieron algunas de las personas, como Alberto Granado, Fidel Castro, Manuel Piñeiro y Harry Villegas Tamayo, que estuvieron muy cerca del Che y compartieron sus mismos sueños y esperanzas.

Apóyanos en el esfuerzo por sacar adelante la revista, adquiriendo un ejemplar suelto, comprando una suscripción o haciendo un donativo a nuestro PlusGirot.

La Hoja Latinoamericana es una publicación semestral
del Centro de Estudios y Trabajo América Latina (Cetal),
S: t Johannesgatan 2, 2tr.,
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2.11.08

La crisis norteamericana

Entrevista Alfredo Vanini
La República, Lima, 02/11/08


Famoso economista y sociólogo brasileño, ideólogo de la teoría de la dependencia económica, autor de importantes libros, Theotonio Dos Santos (Minas Gerais, 1936) estuvo brevemente por Lima y dialogó con DOMINGO sobre la crisis norteamericana y la oportunidad histórica de los países del Tercer Mundo.

–Profesor Dos Santos, la crisis financiera norteamericana es una crisis interna del sistema capitalista, que se ha derrumbado estrepitosamente. Se vuelven a revisar en Europa y en EEUU las tesis de Keynes, de Schumpeter, incluso de Rosa Luxemburgo. ¿Es el fin de Adam Smith y el retorno de otros grandes economistas?

–Puedo responderle desde mi propia visión de la teoría económica. He trabajado mucho en estos últimos años dentro de la perspectiva de las ondas largas del economista ruso Nicolai Kondrátiev y su idea de los períodos de cincuenta, sesenta años, en los cuales los primeros 25 son de ascenso y los otros 25 de descenso. Esta idea fue trabajada por primera vez por Kondrátiev en 1922 cuando trabajaba en la dirección del Instituto de Estudios Estadísticos de la Unión Soviética. Él descubrió este fenómeno y buscó una explicación en el aspecto tecnológico y financiero. La relación tecnología y finanzas son los dos elementos claves que él detectó ligados a estos ciclos. Hay toda una corriente de schumpeterianos que trabaja sobre estas consideraciones.

Schumpeter absorbió muy bien los estudios de Kondratiev y los divulgó en un libro muy importante titulado Los ciclos económicos largos. Allí integró incluso otros ciclos más cortos: cuatro, diez años, como la modalidad del funcionamiento del capitalismo. Dentro de esta visión, en el siglo veinte hay un período de descenso que empieza desde los años 1914-1918, y que va hasta 1945. Después de la segunda guerra mundial sobreviene otra vez un período de ascenso. Comienza entonces el llamado "período de oro" del capitalismo que llega hasta 1967. Allí comienza otra vez una ola negativa con una gran caída del crecimiento capitalista.

–Crisis que tiene su punto más álgido en 1973. Pero después de ese momento, ¿los Estados Unidos no recomponen su economía?

–Vea, la decadencia de EEUU empieza muy lentamente en 1967. Definitivamente la guerra de Vietnam tiene mucho que ver porque termina con la posición extremadamente favorable que tuvo EEUU tras la guerra en Europa. En 1950 los EEUU tenían el 50% de la economía mundial, mientras que hoy están reducidos a un 16% más o menos.

–La guerra parece jugar un papel importante en la consolidación de las hegemonías globales.

–Los movimientos cíclicos están asociados a centros de poder. Primero tuvimos la hegemonía portuguesa y española (siglos 17 y 18), luego los holandeses y los ingleses y finalmente los Estados Unidos que asume el liderazgo durante la Primera Guerra Mundial y consolida su hegemonía tras la Segunda. Estos centros hegemónicos tienen una duración histórica de entre 150 y 200 años. Pero el ciclo de hegemonía norteamericano, y en esto sí estamos de acuerdo todos, será un ciclo más corto.

–¿Qué pasa exactamente en 1967 con la economía norteamericana?

–En 1967 se establecen situaciones básicas de desestabilización: uno, para poder mantener este sistema imperial (y la guerra es un elemento clave) es inevitable que se produzca un déficit fiscal. Pero al mismo tiempo también se produce un déficit comercial, pues EEUU no logra consolidarse como un país eminentemente exportador. En 1969 pasa de país exportador a importador y de país acreedor a deudor, sobre todo a causa del déficit fiscal.

Todo esto afecta el tercer elemento clave que es el dólar, moneda que reestructuró la economía mundial tras los acuerdos de Bretton Woods: hoy el dólar ya no tiene las condiciones para mantenerse como moneda de referencia mundial porque antes el dólar garantizaba una convertibilidad con el oro. A partir de 1971 los EEUU abandonan definitivamente esta equivalencia y entramos en una fase llamada "serpiente monetaria", en que las monedas se mueven sin una dirección definida.

–¿Con Clinton no hubo una leve recuperación del sistema financiero norteamericano?

–Entre 1993-94 se inicia un proceso de recuperación. Lo que pasó es que el gobierno de Clinton retomó el crecimiento económico a tasas moderadas y básicamente sobre una base tecnológica muy importante. Clinton dejó un superávit fiscal de más o menos 300 mil millones de dólares, destinados al sector educación y salud. Pero George Bush, tras su primer año, ya tenía un déficit de más de 100 mil millones. Y hoy el déficit es enorme, sobre todo con la guerra de Irak, que implica costos altísimos.

–Volvamos a la crisis y a la noción de períodos económicos ¿cuál es su año de origen?

–Empezamos en 1987 con la caída del dólar en un 40%. Luego se recupera cuando los bancos europeos y japoneses compran dólares con la intención de elevarlo otra vez y disminuir el impacto tan violento de esta caída. Pero a comienzos de 1990 la tasa de interés que había llegado al 18% cae a 4%.

Con Clinton se recuperan las inversiones productivas. En este período Japón entra en crisis. Por ello, la economía comienza a generar varias crisis locales: México (1992), Brasil (1994), Asia (1997), Rusia (1998), Brasil otra vez (1999) y Argentina (2000). Todas estas crisis, en un período tan corto, suceden dentro de esta burbuja enorme. Cuando todo se empieza a recuperar, sobreviene la crisis norteamericana que estalla en el 2001. Se vuelve al mismo sistema artificial de especulación y precios falsos de grandes especulaciones.

–¿Cuál es hoy el panorama de la crisis norteamericana? Según usted, ¿podrán salir de ella?

–Hoy se está buscando liquidez que no tienen, pues todos los países son deudores. Los EEUU van entonces a seguir endeudándose para entregar recursos a sus bancos ayudándolos a sobrevivir. Vamos a tener una salida a la crisis, pero con tres costos importantes: las tasas de crecimiento ya no van a poder ser tan altas como en períodos anteriores porque todo el financiamiento está ya comprometido con el sector financiero.

Segundo, este sector financiero va a seguir siendo muy grande y significativo y quien debe sostenerlo es el Estado, pero este sostenimiento, como se está viendo ahora, será muy dramático. Y tercero, el dólar cae como moneda porque no puede sostenerse. Y va a continuar cayendo. Hoy EEUU es un país con una crisis colosal que continúa endeudándose enormemente. Todo esto debe concluir, en unos siete años, con una crisis realmente dramática que va a arrastrar a todo el sistema mundial.

–La idea de James Tobin de aplicar un impuesto al flujo de capitales especulativos era interesante pero nunca se materializó. ¿De haberse adoptado en 1972, año en que la propuso, hubiera evitado esta crisis actual?

–No tanto como evitar la crisis, pero sí hubiésemos podido avanzar mucho en disminuir el impacto de la pobreza, que es el rostro más terrorífico de este sistema mundial que genera recursos tan gigantescos en manos de un pequeño grupo del sector financiero impidiendo que estos recursos se destinen a atender a más del 50% de la población del mundo que vive en pobreza.

–Usted dijo públicamente hace unos días que esta crisis es una buena oportunidad para los países llamados del Tercer Mundo.

–Es que pueden fortalecerse, ya sea por sus materias primas (cuyos precios van a caer, pero no tanto), ya sea por sus grandes reservas financieras. Ciertos países van a poder acumular recursos. Y son los chinos quienes se perfilan como los líderes de esta tendencia, y empiezan a exigir que se reestructure el sistema financiero mundial, ya que no quieren comprometerse con el actual.

Esta lucha va a ir poco a poco acentuándose en los próximos siete, ocho años. Y cuando sobrevenga la siguiente crisis, es muy probable que la hegemonía norteamericana sufra de una manera catastrófica. Difícilmente los EEUU van a poder mantenerse como país hegemónico. Los centros hegemónicos van a moverse hacia China, Brasil, Rusia e India. Se prevé seriamente que estos cuatro serán los países más importantes en veinte años.

–¿Qué ha pasado en la Argentina con las AFPs? Los neoliberales dicen que se trata de un robo del Estado en quiebra.

–¿De dónde sacan la idea de que Argentina está en quiebra? La Argentina está hoy en muy buena situación. Tiene poco más de 40 mil millones de dólares en reservas. Está claro que es una intervención para proteger el dinero de la gente. Las AFPs son las que están al borde de la quiebra. Lo que algunos le exigían al gobierno argentino es que ayude, pero que no se responsabilice. Lo cual es absurdo, justamente lo que está ocurriendo en los EEUU, entregando recursos a los bancos cuando el Estado ya no tiene dinero.

Es decir que este dinero saldrá de los ciudadanos norteamericanos que pagarán los errores de los verdaderos culpables de la crisis. La Argentina ha actuado conforme a una idea que en Europa es algo corriente, es decir que, en crisis, el Estado interviene y se hace responsable. Pretender que no es así, es el verdadero robo, un robo privado: el Estado roba el dinero de la gente para dárselo a unos incompetentes.

–"El Capital" de Marx se vuelve a vender hoy como pan caliente. Pero, dada su enorme complejidad, es probable que pocos lo entiendan ¿A qué economistas marxistas, menos densos, hay que leer hoy de manera imprescindible?

–Hay varios. Uno es el francés François Chesnais, útil para comprender cómo funciona el sistema financiero. Otro es François Morin, también francés, que va en la misma línea de Chesnais. Un gran economista marxista que ha investigado el papel del Tercer Mundo como protagonista activo en el proceso financiero mundial es el economista egipcio Samir Amin. Aunque no es economista, hay que leer a Immanuel Wallerstein.

Recomendaría también leer "Adam Smith en Pekín", libro importante de Giovanni Arreghi en el que discute la economía china y recuerda que ya Smith la quiso como modelo en el siglo 18. Y sin duda hay que leer al que yo considero el economista contemporáneo más discutido, André Gunther Frank, lamentablemente fallecido hace poco, quien escribió un libro fundamental titulado "Re-Orient".