29.3.08

La trampa de los videojuegos

Marie Leiner, investigadora de El Colegio de Chihuahua, la Universidad de Texas Tech y la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México, realizó junto con Banner Ramírez, de la UACJ, la investigación que resumida en el artículo “Videojuegos, más allá de la diversión”, publicado en el diario La Jornada (México DF, 28.03.08), presentarán en el octavo congreso del IACAPAP 2008 en Estambul, Turquía, y en el congreso anual de las Asociaciones de Pediatría (PAS) en Hawai.

Uno de los más populares medios de diversión para niños y jóvenes son los videojuegos, los mismos que constituyen una industria millonaria en boga: sus ventas superan las de música: en 2006 vendieron 31.6 mil millones de dólares y al año siguiente 37.5 mil millones. Es tal el auge del mercado de videojuegos que se espera un crecimiento anual de 9.1 por ciento a partir de 2007 para obtener una ganancia en 2011 de 48.9 mil millones de dólares. Se trata de una industria con un ciclo comercial impresionante, perfectamente planeado, dirigido a niños a partir de los dos años y hasta los 17 años. Sin embargo, esperan ampliar el rango de edades con videojuegos para bebés que, prometen, “elevarán su inteligencia”.

El ciclo arranca con juegos portátiles para niños pequeños, se mueve hacia los de computadora y los que se conectan a las televisiones. Cuando el usuario tiene alrededor de 10 años, las ventas se concentran en los juegos en el celular, culminando en Nintendo DS y Playstation portátil; de aquí hay sólo un paso para acceder a los tres juegos más sofisticados de consola: Xbox 360, PlayStation 3 y Nintendo Wii.

Varios estudios científicos han planteado aspectos adversos en el usuario de videojuegos (ataques epilépticos, debido al impacto que causan en el cerebro ciertos colores usados en la animación; sobrepeso y obesidad, e insensibilidad hacia la violencia en la vida real como resultado de una desmedida exposición a la brutalidad presentada en los videojuegos); sin embargo, no han logrado probar los efectos directos principalmente en el contexto de la violencia. Las principales razones que dificultan obtener esta evidencia incluyen que vivimos en un mundo multifactorial donde es difícil relacionar un solo hecho específico (causa) como originario de una acción (efecto) sin considerar el contexto. Sin pruebas contundentes de su efecto adverso será difícil lograr cambios radicales en el contenido de los juegos. Lo más probable es que sólo siga habiendo restricciones endebles durante la compra del juego, ligadas a los ratings establecidos de acuerdo a la edad del comprador. Aunque no sabemos, y quizá no sepamos a corto plazo si los videojuegos causan efectos adversos en los usuarios, es indudable que su contenido es inapropiado para niños y adolescentes y que las restricciones para su consumo son muy pocas.

Así lo demostró un estudio de El Colegio de Chihuahua y la escuela de administración de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez que catalogó la diversión proporcionada por seis populares videojuegos. En sólo media hora de uso un “principiante” presenció golpes y heridas (6), flujo masivo de sangre (2), uso de armas, pistolas o cuchillos (10), robo de vehículos (5), asesinatos (17), golpes (2), atropellamiento con vehículos (25), intentos de asesinato (2), uso de drogas (1), sexo explícito (1), lenguaje obsceno (2) y robos-asaltos (3).

Otro juego incluyó 35 asesinatos, 18 intentos de asesinato, 54 expresiones obscenas, y 23 exhibiciones de flujo masivo de sangre. El resto ofrece la misma “edificante” temática con variaciones como atropellamiento de ancianos, sin que falten las sexo-servidoras.

Todos los juegos pueden comprarse sin restricciones. En este estudio el principiante sólo jugó tres horas y media, pero un usuario avanzado, como son la mayoría de los jóvenes, poseen códigos que pueden buscar en Internet, y como jugadores se pueden volver invencibles y tener acceso a más “diversión”.

¿Necesitamos más investigaciones para demostrar los efectos adversos de los videojuegos o con lo que sabemos ya es suficiente para forzar cambios en el contenido?

25.3.08

La guerra y la paz según Eric J. Hobsbawm


De entrada, la paz mundial parece hoy más factible que en el siglo xx, un siglo marcado por una cifra récord de guerras mundiales y por las muchas formas de morir a gran escala. Aún así, un estudio reciente llevado a cabo en Gran Bretaña y que comparaba las respuestas que los británicos dieron en 2004 a unas preguntas ya formuladas en 1954 apunta que el miedo a una guerra mundial es hoy mayor que en el pasado. Este miedo responde, principalmente, a un hecho cada vez más evidente: vivimos en una época de conflictos armados mundiales endémicos, guerras que suelen transcurrir dentro de las fronteras de los estados aunque se ven magnificadas por la intervención extranjera. Si bien el impacto de estos conflictos en la historia del siglo XX fue pequeño en términos militares, no podemos decir lo mismo si nos fijamos en la población, la principal víctima de estos enfrentamientos, que ha pagado, y paga todavía hoy, un elevado precio. Desde la caída del muro de Berlín, nos hallamos de nuevo sumidos en una era de genocidios y de traslados de población masivos y forzosos, tanto en algunas regiones de África como en el sureste europeo o en Asia. Se estima que, a finales de 2003, la cifra de refugiados dentro y fuera de su propio país alcanzó los 38 millones de personas, unos números comparables a la extraordinaria cantidad de "personas desplazadas" después de la segunda guerra mundial. Un dato bastará para ilustrar estas afirmaciones: en 2000, el número de muertos en combate en Birmania se situaba entre las doscientas y las quinientas personas; la cifra de "desplazados internos", fundamentalmente por obra del ejército de Myanmar, rondaba el millón. Y la guerra de Iraq no hace sino confirmar este aspecto. Lo que, según los estándares del siglo XX, podríamos calificar como guerras pequeñas provocan unas catástrofes sin parangón.

La guerra típica del siglo XX, la guerra entre estados, ha perdido peso rápidamente. En la actualidad no hay conflictos entre estados, aunque no podemos descartar que vaya a haberlos en distintas regiones de África y Asia, o en aquellas zonas donde la inestabilidad o la cohesión de los estados existentes se vean amenazadas. Por otro lado, aunque no estamos ante una amenaza inmediata, no ha desaparecido el riesgo de una gran guerra global, fruto probablemente de la reticencia de Estados Unidos a aceptar la aparición de China como su rival. En ocasiones, incluso, las posibilidades de evitar su estallido parecen muy superiores a las que había en 1929 para evitar la segunda guerra mundial, si bien conviene no olvidar que la posibilidad de esta guerra seguirá presente en las décadas venideras.

Sin embargo, y aun sin las guerras tradicionales entre estados, grandes o pequeñas, pocos son los observadores realistas que auguran que éste será un siglo en el que el mundo vivirá ajeno a la presencia constante de armas y a los brotes de violencia. Con todo, es nuestro deber combatir la retórica del miedo irracional de la que se sirven gobiernos como el del presidente Bush o el del primer ministro Blair para justificar unas políticas que nos acercan al imperio global. Salvo como metáfora, no existe una "guerra contra el terror o el terrorismo", sino contra un agente político determinado que recurre a una táctica, no a un programa. El terror como táctica es indiscriminado y moralmente inaceptable, tanto si se amparan en él grupos clandestinos como si lo hacen los estados. La Cruz Roja Internacional reconoce el aumento de la barbarie en su condena a los dos bandos en conflicto en Iraq. También ha crecido el miedo a que pequeños grupos terroristas opten por la guerra biológica, al tiempo que no parecen preocuparnos tanto los riesgos, mayores e impredecibles, que indudablemente se plantearán cuando la manipulación de los procesos vitales, incluida la vida humana, se nos vaya de las manos. Aun así, el peligro real que para la estabilidad mundial o para cualquier estado consolidado suponen las actividades de las redes terroristas panislámicas a las que Estados Unidos declaró la guerra global, así como las de la suma de todos los grupos terroristas que operan en cualquier punto del planeta, es residual. Aunque han logrado asesinar a muchas más personas que sus antecesores -y menos que los estados-, el riesgo es mínimo desde un punto de vista estadístico y su importancia, escasa en términos de agresión militar. A menos que estos grupos puedan hacerse con armas nucleares, una posibilidad que, no por no ser inmediata, podemos descartar, el terrorismo no provocará la histeria, sino la reflexión.

Con todo, el caos mundial es una realidad, como también lo es la perspectiva de otro siglo de conflictos armados y de calamidades humanas. ¿Es posible volver a una suerte de control global, como sucedió, a excepción de un período de treinta años, durante los 175 años que transcurrieron desde la batalla de Waterloo hasta la caída de la URSS? La cuestión es hoy mucho más complicada, por dos motivos. En primer lugar, las desigualdades a que ha dado lugar la globalización descontrolada del libremercado, y que han aumentado a un ritmo exponencial, son el caldo de cultivo natural de todo tipo de inestabilidades y agravios. Como se ha observado recientemente, "ni siquiera los estamentos militares más avanzados podrían enfrentarse a una crisis total del sistema jurídico", y la crisis de los estados a la que aludí anteriormente ha hecho de esta una posibilidad más factible que en el pasado. En segundo lugar, ya no existe un sistema de superpotencias internacionales plurales como el que estuvo vigente y que evitó que, salvo en el catastrófico período comprendido entre 1914 y 1945, estallara una guerra total. Este sistema descansaba en un postulado que se remontaba a los tratados que habían logrado acabar con la guerra de los Treinta Años en el siglo xvii: existían en el mundo unos estados cuyas relaciones se regían por diversas reglas, y entre ellas la de no interferir en los asuntos internos del otro, y por una distinción diáfana entre guerra y paz. Sin embargo, nada de todo esto es válido en la actualidad. Otro de los pilares del sistema era la realidad de un mundo donde convivían diferentes potencias, algo que ya existía en la reducida "primera división" de estados, apenas un puñado de "grandes potencias" que, a partir de 1945, se reduciría aún más, hasta quedar sólo dos superpotencias. Ninguna de las dos supo imponerse de un modo abrumador (Del libro Guerra y paz en el siglo XXI, Barcelona, Crítica, 2008, de Eric J. Hobsbawm).

21.3.08

La doctrina Bush se extiende a Perú


Dos supuestos miembros de las FARC fueron capturados en la ciudad amazónica de Iquitos, al oriente del Perú, y el gobierno de Alan García, acosado por el creciente descontento popular, ha aprovechado este hecho para intentar desacreditar a los movimientos de protesta, acusándolos de tener vínculos con la guerrilla colombiana. El anuncio de la captura de los dos colombianos acusados de pertenecer a las FARC se produjo el miércoles, el mismo día que culminaba un paro de 48 horas en la selva amazónica peruana en protesta contra una ley que abre las puertas para privatizar la Amazonia y que dejó siete heridos. El gobierno se apresuró a asegurar que los dos supuestos miembros de las FARC capturados habían llegado al Perú para “azuzar a la población contra el gobierno”. Y extendió la acusación de tener vínculos con las FARC a otros movimientos sociales en distintas partes del país que se han alzado en protesta contra lo política neoliberal del gobierno. El gobierno también ha relacionado las protestas internas con una supuesta influencia chavista. En el lenguaje gubernamental, chavismo y FARC aparecen casi como sinónimos. Estas acusaciones contra los movimientos sociales de tener vínculos con el chavismo o con las FARC, o con ambos simultáneamente, se dan en un contexto de endurecimiento de la represión, que ya ha dejado cuatro muertos y decenas de heridos en las últimas semanas.

Los dos supuestos integrantes de las FARC capturados en Iquitos son Johnny Cárdenas, alias “Oliver” o “Tanaka”, y Dayvis Vivas. Según las autoridades colombianas, Cárdenas es integrante del Frente 63 del Bloque Sur de las FARC, que opera en el Putumayo, en la frontera de poco más de 1600 kilómetros entre Colombia y Perú, mientras Dayvis Vivas sería su pareja y también integrante del Frente 63. Ambos han reconocido haber pertenecido a las FARC, pero aseguran que hace varios meses desertaron del grupo guerrillero y que llegaron a Iquitos para iniciar una vida lejos de la guerra interna en Colombia. Cárdenas fue capturado mientras trabajaba conduciendo un mototaxi. Dayvis Vivas, por su parte, trabajaba en Iquitos como empleada doméstica.

El jefe de la policía peruana, general Octavio Salazar, no perdió tiempo en salir a los medios para calificar la captura de ambos como un éxito de la policía peruana en su lucha contra lo que calificó como un “plan para desestabilizar el país”. Según el general Salazar, las FARC han ingresado al Perú para promover los movimientos de protesta interna con la mira puesta en las dos cumbres mundiales que este año organizará el Perú: la Cumbre de los países de América latina, el Caribe y la Unión Europea, que se realizará en Lima en mayo y a la que asistiría Cristina Kirchner; y la Cumbre de la APEC (foro económico de los países del Asia y del Pacífico), que se llevará a cabo en noviembre y en la que se espera la presencia de Bush. Sin embargo, luego se sabría que la captura fue monitoreada desde un inicio por la inteligencia colombiana.

Consultado por Página/12 sobre la supuesta presencia de las FARC en el Perú, el analista político Carlos Tapia señaló que las afirmaciones del gobierno de que las FARC buscan promover las protestas sociales en el Perú son “un absurdo”. “Las FARC ya tienen demasiados problemas en Colombia como para abrir otro frente”, subrayó. Para Tapia hay tres posibles hipótesis para explicar la presencia de los dos supuestos miembros de las FARC en el Perú: “Que su llegada es parte de una acción del Frente del Putumayo de las FARC para hacer contactos relacionados con la venta de coca, que me parece la más débil de las tres posibilidades; que han venido para comprar armas; y la tercera es que son desertores de las FARC. Pero en ningún caso su presencia tendría que ver con los temas internos peruanos, como asegura el gobierno”. En opinión de Tapia, el gobierno busca agarrarse de las FARC, así como de una supuesta presencia chavista a través de un apoyo económico a las protestas antigubernamentales, para justificar una ofensiva represiva: “Levantar la presencia de las FARC en el Perú también tiene que ver con la alianza de Alan García con Uribe y Bush. Esto lo que está anunciando es un endurecimiento de la represión contra la oposición y los movimientos sociales, vinculándolos con supuestos actos terroristas que, por cierto, no se están dando en el Perú, pero de los cuales el gobierno habla constantemente” (Por Carlos Noriega, desde Lima, para Página/12, Buenos Aires, 21.03.08).

18.3.08

No es fácil despedirse de Mariátegui


Escribe
Abelardo Oquendo

Treinta años después de su prólogo a la edición de los 7 ensayos de José Carlos Mariátegui hecha por la Biblioteca Ayacucho en 1979, Aníbal Quijano precede la reedición de esa obra con un nuevo texto introductorio llamado a provocar un debate no menos fecundo que el de tres décadas atrás. La introducción de 1979 cuestionó las versiones ‘oficiales’ de la obra y la figura de JMC. Quijano implicaba allí que muchas de las ideas fundamentales de JMC continuaban incomprendidas o marginadas cuando no tergiversadas. Por eso su propuesta, enunciada desde el título: "Reencuentro y debate".

Efectivamente, Quijano lo abrió en torno a cuestiones que desde entonces centraron la discusión más seria sobre la obra mariateguiana. Gracias a él, en buena medida, esa obra se liberó de la vulgata marxista que la difamaba al proclamar su mariateguismo al tiempo que su adhesión al socialismo real. La discusión pudo, así, orientarse hacia la crítica del poder vigente. Treinta años después –dice Quijano– ese patrón de poder avanza hacia la formación de un bloque imperial mundial e induce "la desdemocratización y la desnacionalización del estado y de la sociedad (…) a escala planetaria". Esto por un lado, por el otro se trata del predominio definitivo de los niveles hipertecnologizados del Capital, en los cuales se reduce la necesidad y el interés de asalariar la fuerza de trabajo".

Es decir, el mundo de hoy tiene profundas diferencias con el de hace tres decenios; sin embargo, Quijano señala que en el pensamiento mariateguiano se encuentran elementos de una racionalidad alternativa. Y es desde aquí, desde este punto inadvertido por sus estudiosos, que plantea la pertinencia de ese pensamiento precursor en los debates de un aspecto hoy clave en el proceso de superación de la racionalidad eurocentrista.

Quijano encuentra en JCM indicios de una subversión epistémica y teórica que –afirma– "podría reconocerse como la fuente de producción de la idea latinoamericana de heterogeneidad histórico-cultural, como un modo históricamente constitutivo de toda existencia social, rompiendo de este modo con el dualismo radical del cartesianismo, que está en el origen del eurocentrismo (…) Y sin este nuevo punto de partida no podríamos explicar el nuevo debate teórico y político, dentro y fuera de América Latina, sobre el carácter y la historia del actual poder mundial." Un debate en el cual Quijano desempeña, según se sabe, un papel principal.

(De La República, Lima.16.03.08)

13.3.08

Marx y “el globalizado turbocapitalismo”

Tréveris, Alemania, 12 marzo. En el tercer mes de 1883 había 11 personas en la tumba abierta de Carlos Marx, en el cementerio londinense de Highgate. Ahí, Federico Engels habló de la “pérdida inconmensurable para el combativo proletariado” y, respecto de su amigo, aseguró: “¡Su nombre y obra vivirán a lo largo de los siglos!”

Engels tenía razón: inclusive 125 años después de su muerte (14 de marzo de 1883), Marx es considerado un gran filósofo y economista, que cambió el mundo como ningún otro científico social de la era contemporánea. Sus ideas dividieron el mundo en dos sistemas y marcaron la historia del siglo XX, aunque hoy sigan siendo tan controvertidas como en la época de Marx. Aún más: en la actualidad, donde más que de socialismo o de capitalismo se habla de globalización, los análisis económicos del revolucionario pensador recobran vigencia.

Marx vuelve a ser fuente de inspiración para los analistas: en el “globalizado turbocapitalismo”, en el cual sólo cuentan el capital y los beneficios, repentinamente se habla del “dominio de la economía sobre la política”, de una “nueva sociedad de clases” y de la “economización de todas las áreas de la vida”.

Es la impotencia de un mundo inabarcable que pide a gritos una explicación, y entonces vuelve a surgir Marx como punto de apoyo, afirma Beatrix Bouvier, directora del Museo y Centro de Estudios Casa Carlos Marx, de la Fundación Friedrich Ebert, en Tréveris. “En muchos aspectos describió de forma correcta las bases del sistema capitalista”, afirma el politólogo Klaus Corner, en Hamburgo, aunque agrega que no previó el desarrollo de la sociedad en tiempos de crisis. “Fue por sobre todo un analista”, señala la historiadora Bouvier. Sus “instrumentos de análisis” siguen siendo válidos hasta hoy, aun cuando no propongan soluciones. “Con posterioridad se desarrollaron, gracias a sus enseñanzas, sistemas cerrados, que posibilitaron el abuso de Lenin o Stalin.”

Marx, nacido en 1818 como hijo de un abogado judío en Tréveris, tuvo su mayor influencia en el siglo XX con su utopía de una sociedad sin clases, y el movimiento socialista internacional lo reconoció como progenitor del comunismo. En 1917, Lenin se remitió durante la caída de los zares rusos a las enseñanzas de Marx, y al destacar la aspiración al liderazgo del Partido Obrero las amplió al “marxismo-leninismo”. El sucesor de Lenin, José Stalin, justificó con la primacía del Partido Comunista, el asesinato de millones de personas que pensaban de otra forma. Aunque ello no se correspondía con el ideal de Marx, de los obreros con libertad de expresión.También en China, Vietnam y América Latina los revolucionarios lucharon bajo la teoría de Marx. Y la unificación forzada del Partido Comunista y el Socialdemócrata en 1946, en la futura Alemania Oriental, ocurrió bajo un gigantesco busto de Marx.

En los años 80, la mitad de la población mundial aún vivía en países que se inspiraban en el marxismo, aunque ese término en realidad proviene de los rivales del pensador, liderados en 1870 por el anarquista ruso Mijail Bakunin. Inclusive el propio Marx una vez destacó: “No soy marxista”. El pensamiento de Carlos Marx fue revolucionario: el precursor comunista analizó, con Engels, la situación en la época de la Revolución Industrial, y describió la explotación de la clase trabajadora. En El capital, Marx propone como meta, frente al sistema dominante, una “sociedad sin clases”, pues creía que a la larga el capitalismo fracasaría, debido a sus propias contradicciones.

(De La Jornada, México D. F, 12 de marzo de 2008)

7.3.08

El sicario de Estados Unidos

Escribe
Gilberto López y Rivas

El comandante Raúl Reyes era un hombre afable y modesto, un revolucionario congruente y convencido de la justeza de su causa que fue forzado a transformarse de dirigente sindical en comandante guerrillero por el terrorismo de Estado puesto en práctica por los gobiernos colombianos oligárquicos, en estrecha colaboración subordinada con Estados Unidos. Su historia como sobreviviente de la lucha legal en la sociedad civil colombiana es la de miles de sus compatriotas que han trastocado drásticamente sus vidas ante la cerrazón y la violencia estatal narcomafiosa, de cuyas estructuras castrenses se integran los grupos paramilitares que cometen un comprobado y documentado genocidio de crueldad inusitada contra el pueblo colombiano.

Raúl cumplía a cabalidad su papel de relacionador público de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), como responsable de su comisión internacional. Él fue quien en enero de 1999 invitó al entonces senador Carlos Payán y a quien escribe –como miembros de la Comisión de Concordia y Pacificación– a ser testigos de la firma inicial del, en ese momento, prometedor proceso de paz entre las FARC y el gobierno del presidente Andrés Pastrana, en San Vicente del Caguan, Caquetá.

En esa ocasión, varios invitados de distintas partes de América Latina tuvimos la oportunidad de conversar con la dirigencia máxima de las FARC, incluyendo al comandante Reyes. Guardo en la memoria su grata presencia, su entusiasmo vital y la sencillez de su trato, así como la franqueza de sus respuestas a interrogantes, dudas e incluso cuestionamientos sobre la política de su organización en varios temas capitales en los que no coincidíamos necesariamente.

En una carta fechada el año pasado, Reyes me manifestaba premonitoriamente: “La condiciones de la guerra que sostenemos en Colombia contra el régimen de la oligarquía y el imperio, así como la persecución encarnizada contra nuestros representantes en el exterior, nos dificultan hacer llegar nuestras propuestas políticas y visiones sobre el conflicto social y armado que desangra a nuestro pueblo desde hace más de cuatro décadas… Las pretensiones del imperio y del gobierno narcomilitar de Álvaro Uribe de aislarnos y difamarnos ante la opinión pública internacional no pueden triunfar”.

Para los servicios estadunidenses y colombianos de inteligencia era archisabido que Reyes cumplía el papel de negociador con muy diversos actores políticos, con el propósito de lograr el acuerdo humanitario de intercambio de prisioneros entre las FARC y el gobierno colombiano. El sicario del imperio, Álvaro Uribe, conocía perfectamente de los contactos que el comandante Reyes mantenía con enviados del presidente francés Nicolas Sarkozy para lograr la pronta liberación de la ciudadana franco-colombiana Ingrid Betancourt y 12 rehenes más. Las FARC reconocen, en un mensaje reciente, que ésa era la misión de Reyes al momento del ataque. Por ello, el artero asesinato del jefe guerrillero y sus compañeros en territorio de Ecuador constituye no sólo la violación de la soberanía de este país y un crimen de guerra que internacionaliza peligrosamente el conflicto interno, sino también un ataque directo a la realización del intercambio de prisioneros. Se trata de una operación premeditada y efectuada con alevosía y ventaja que muestra al desnudo la catadura moral de Uribe, su desprecio por el derecho internacional y la decisión de él y sus cómplices estadunidenses de no consumar dicho acuerdo humanitario.

La masacre de los guerrilleros se realizó mientras dormían y sin mediar combate alguno. Después del ataque aéreo desde el sur, esto es, desde el interior del territorio de Ecuador, muchos fueron rematados en el terreno por comandos transportados en helicópteros, quienes llevaron a Colombia el cadáver del guerrillero como un macabro trofeo de guerra, y supuestamente unas computadoras portátiles milagrosas –que resisten bombardeos y ametrallamientos– y que contenían todo tipo de documentos “comprometedores” que serán la fuente inagotable de acusaciones de los voceros colombianos, en particular de Uribe y el controvertido jefe de la Policía Nacional, Oscar Naranjo.

La matanza de los militantes de las FARC, por la forma de su realización y sus características técnico- militares, logísticas, de inteligencia (que incluyen la ubicación de las coordenadas geográfico-espaciales del campamento guerrillero, en la provincia amazónica de Sucumbíos) fue seguramente ordenada y dirigida por personal de Estados Unidos, y guarda grandes semejanzas con los operativos de terrorismo de Estado que Israel lleva a cabo para asesinar a dirigentes palestinos y libaneses. Es conocido, por cierto, que Israel vende asesoría especializada y sofisticados equipos para la guerra sucia a los gobiernos represores en el mundo, con la anuencia y complacencia de sus aliados estadunidenses.

La violación de la soberanía ecuatoriana y el homicidio de Reyes y sus compañeros buscan una peligrosa regionalización del conflicto colombiano, con el objetivo de desestabilizar los procesos democráticos y revolucionarios en Bolivia, Venezuela y en el propio Ecuador. Ante los fracasos político-militares de Bush en Irak y Afganistán y en el umbral de elecciones presidenciales en su país, el imperio pretende crear las condiciones para abrir un frente de guerra en el sur de nuestro continente, a través del gobierno de Colombia.

Mi solidaridad y apoyo a quienes marcharon el día de ayer en favor de la paz con dignidad, justicia, libertad y democracia y contra el terrorismo de Estado en esa nación hermana.

(Publicado en La Jornada, México D. F, 7 de marzo de 2008)

6.3.08

Receta de una crisis

Escribe
Maria Luisa Mendonça

No hay crisis en América del Sur. Al violar el territorio ecuatoriano, el gobierno de Álvaro Uribe busca estimular el conflicto armado en su propio país, ya que su jerga de “combate al terrorismo” sirve para justificar la política de represión y la presencia militar de Estados Unidos en la región. A la vez, Uribe tiene como objetivo romper con la posibilidad de un acuerdo negociado y humanitario con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) para la liberación de rehenes, sobre todo de ex parlamentarios que hagan oposición a su política de guerra.

Si hubiese realmente una crisis en América del Sur, los demás países de la región no manifestarían una posición unánime en condenar la acción del ejército colombiano. Sin embargo, sabemos que históricamente han sido fabricadas diversas “crisis” para justificar el mantenimiento del control político, económico y militar de Estados Unidos, no sólo en América Latina, sino en otros continentes. La guerra en Colombia es esencial para que Estados Unidos mantenga un aparato bélico en la región. El Plan Colombia fue construido para servir de plataforma militar regional y, en diversos momentos, el gobierno estadounidense intentó involucrar a los países de Cono Sur en el conflicto.

A inicios del 2001, cuando el entonces presidente Andrés Pastrana y el líder de las FARC Manuel Marulanda intentaban negociar un acuerdo de paz, George Bush asumía el poder en la Casa Blanca e iniciaba su campaña internacional para la ampliación del Plan Colombia. El Secretario de Estado estadounidense de la época, Colin Powell, tenía la tarea de conseguir la colaboración de países latinoamericanos para su estrategia militar en Colombia.

En aquel momento, el llamado Plan Colombia o “paquete de ayuda” de 1.3 mil millones de dólares, fue aprobado por el Congreso estadounidense con el justificativo de defender la democracia y acabar con el narcotráfico. El Congreso inclusive condicionaba la liberación de recursos para el Plan Colombia a su no utilización para fines contra-insurgentes. Claro que nadie cree que el propósito del Plan Colombia era el combate a las drogas, pero en aquel momento no era aceptable admitir abiertamente el papel militar estadounidense contra las guerrillas colombianas.

Solamente tras los atentados en Nueva York y Washington, el 11 de septiembre de 2001, el gobierno Bush pasó a utilizar el “combate al terrorismo” para justificar su política de guerra. La aceptación de la clasificación de las FARC como grupo “terrorista” sólo fue posible en el contexto internacional post 11 de septiembre. Desde entonces, esta jerga está siendo aceptada por muchos gobiernos y medios de comunicación.

A partir de 2002, Colin Powell garantizó un subsidio adicional de 731 millones de dólares para financiar la participación de Ecuador, Bolivia y Perú en el Plan Colombia. El papel de Ecuador era central, sobre todo porque Estados Unidos utilizaban la Base de Manta, con capacidad de controlar el espacio aéreo de la región Amazónica, del Canal de Panamá y de Centroamérica.

La elección del presidente Rafael Correa interrumpió el apoyo de Ecuador al Plan Colombia, ya que una de sus principales medidas fue anunciar que no renovaría el acuerdo con Estados Unidos para el control de la Base de Manta. La elección del presidente Evo Morales en Bolivia y el cambio en la política externa de aquel país significó un problema adicional para el gobierno estadounidense en la región. A pesar de los reiteradas intentos del gobierno Bush, a través del llamado Comando Sur (un rama del Ejército estadounidense que actúa en América Latina), para involucrar a los países suramericanos en el conflicto colombiano, otros gobiernos se han negado a clasificar a las FARC como terroristas y a enviar tropas para combatir a las guerrillas en Colombia.

Más recientemente, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, puso en marcha una campaña internacional por un acuerdo humanitario y la liberación de rehenes secuestrados por las FARC, que ganó apoyo gubernamental y admiración de la sociedad en muchos países, sobre todo en Europa y América Latina. Está claro que Uribe y Bush necesitaban de un contrataque y eligieron como blanco Ecuador, apuntando al presidente Rafael Correa y apostando a la diseminación de una ola de “crisis” hemisférica.

Inmediatamente, los mass media conservadores en muchos países repiten declaraciones de la policía colombiana sobre una supuesta colaboración de los gobiernos de Ecuador y de Venezuela con las FARC. Este tipo de campaña sirve para frustrar posibles intentos de mediación de un acuerdo de paz en Colombia. Otras declaraciones refuerzan el clima de guerra. Durante la Conferencia del Desarme de la ONU, el vicepresidente colombiano, Francisco Santos Calderón, declara que las FARC pretenden obtener material radioactivo, mientras Alvaro Uribe amenaza denunciar a Hugo Chávez en la Corte Penal Internacional por “patrocinio y financiamiento de genocidas".

Como dice el profesor Noam Chomsky, la primera víctima en una guerra es la verdad. En este caso, el escenario está montado. Resta saber si Uribe (que intenta esconder denuncias de relación con los paramilitares) y Bush (que está desmoralizado y se apresta a dejar la Casa Blanca) tendrán credibilidad suficiente para alimentar esta farsa. (Traducción ALAI)-

(Publicado originalmente en el site de ALAI, América Latina en Movimiento, el 5 de marzo de 2008)