30.12.07

Las lecciones del neozapatismo mexicano

La vida del México contemporáneo puede dividirse en dos grandes periodos: antes y después del surgimiento público del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Su aparición, justo cuando entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el país era admitido en el “club de los ricos”, le dio un vuelco a las estructuras vigentes y regeneró la forma de hacer política.

Durante los 14 años que han pasado desde entonces, los zapatistas se han ido transformando, pero sin abandonar una de sus premisas fundamentales: otro mundo es posible. Y la mejor forma de demostrarlo es llevando a la práctica otra democracia y otra forma de concebir al mundo, totalmente alejada de la degradación y la barbarie del capitalismo.

El investigador y académico mexicano Carlos Antonio Aguirre Rojas en el libro Mandar obedeciendo. Las lecciones políticas del neozapatismo mexicano (México, Los libros de Contrahistorias/ Centro Immanuel Wallerstein, 2007) se da a la tarea de analizar los puntos centrales de la cosmovisión del EZLN, sobre todo el axioma del “mandar obedeciendo”, que subvierte la lógica tradicional del poder.

Para el autor, mandar obedeciendo no es sólo una inversión de los papeles históricos de los grupos dominantes y dominados, sino una forma en la que “el pueblo, la mayoría, mande sobre sí misma”, mediante un grupo que sólo se encarga de operativizar la voluntad de la gente, y no de suplantarla en su propio beneficio.

En torno de esta idea, los zapatistas le han dado forma a sus municipios autónomos rebeldes y a sus Juntas de Buen Gobierno, en donde se rompe de facto con la lógica neoliberal, sin aislarse por ello del resto del mundo, sino por el contrario, relacionándose con otros movimientos sociales libertarios de diverso signo, que los han ayudado a alcanzar resonancia mundial.

Aguirre estudia también otros aspectos importantes del proyecto social del EZLN, como su concepción económica del trabajo colectivo y el reparto equitativo (que tiene sus raíces en el tequio prehispánico); el papel de la mujer en la construcción de una sociedad más igualitaria; la salud vista como un derecho y no como una mercancía, y la revaloración de las culturas y saberes populares.

(Publicado originalmente en La Jornada, México, 30 de diciembre de 2007)

28.12.07

Los libertarios en la Argentina de los ´70

Escribe
Leonor Silvestri

El libro de Verónica Diz y Fernando Trujillo es una rara avis, no tanto por su estilo, sino por la historia que viene a sacar del silencio después de más de tres décadas de oscuridad. Se trata de Resistencia Libertaria, un pequeño grupo que intentó la táctica del entrismo en la política de masas. Lo que más asombra al lector de hoy, más allá de las críticas y diatribas, de los yerros o aciertos, es comprobar que Resistencia Libertaria fue un grupo de jóvenes anarquistas que, en el peor momento histórico para el movimiento anarquista, y en el período más cruel para todos los luchadores, emprendió el desafío de la horizontalidad dentro de las estructuras mismas. Como el libro lo deja en claro, la historia de este grupo no fue tenida en cuenta, especialmente, entre los anarquistas. Las relaciones con el movimiento libertario local fueron conflictivas y excluyentes: convocados por el tradicional periódico anarquista argentino La Protesta, fueron expulsados también cuando RL se negó, entre otros hechos, a desacreditar el accionar de grupos armados como el ERP. De la lectura se desprende que las corrientes enraizadas del anarquismo de entonces, que quizá continúe hasta hoy, suponían que el individuo anarquista era revolucionario por definición. Por ende no participaba en la lucha por el poder. No sin sorna e invectiva, Trujillo y Diz presentan los documentos exactos para mostrar que esta manera de concebir al activista anarquista está más cerca de un “monje shaolín” (dixit) que del pueblo. Por el contrario, RL consideraba su actuación como “acelerador del proceso histórico”, sembrando el soplo antiautoritario y antiburocrático no sólo en la realidad del sistema capitalista, sino también dentro de los programas revolucionarios que enarbolaban las izquierdas autoritarias, con las que muchas veces se articularon. Estos estudiantes proletarizados concibieron una doble lucha: por un lado la socialización de los medios de producción junto a otras organizaciones marxistas, y por el otro reclamaban la socialización del poder político, hasta su completa atomización y desaparición, como lo postulan los principios anarquistas.

En esta investigación abundan las citas eruditas que invitan a retomar el trabajo, no para fomentar el archivismo o la inacción de la recolección de datos, sino el pensamiento crítico. Sin respiro ni sosiego, el último documento que el libro rescata son dos testimonios de compañeros “chupados” en un campo de concentración donde se distingue la solidaridad y el temple de los compañeros de RL, aún desaparecidos.

En las palabras de los autores, esta obra “propone ser un sentido homenaje a compañeros y compañeras para que el olvido y el silencio no perpetúen el carácter de desaparecidos que el poder quiso imponerles, devolverles su lugar en la historia de donde jamás se han ido ahora”. Diz y Trujillo responden al mismo compromiso de RL, poder hablarle al hombre de hoy, con la praxis, autoritaria a falta de otra, en su mundo actual. Esta hermosa historia inspirará corazones nuevos y no tanto, a jamás tirar la toalla, tras haber aprendido de la experiencia histórica específica.

(Publicado originalmente en el suplemneto Radar Libros, de Página /12,
Buenos Aires, 23 de diciembre de 2007)

23.12.07

Entrevista con John Berger en México

Escribe
Elena Poniatowska


Nunca pensé que fuera tan accesible, tan cálido, tan a nuestro alcance. En la soleada casa de la filósofa Fernanda Navarro (quien trató a Bertrand Russell), en la calle de Las Flores, Beverly y John Berger esperan el momento de irse a Chiapas a rendirle homenaje a Andrés Aubry. Creí que Berger era muy alto y no, él y Beverly, su mujer, son de la misma altura y tienen el pelo blanco, bueno, ella no tanto. Como esas parejas que se aman, han ido pareciéndose a lo largo de los años y Beverly lo escucha sin pestañear como si todo fuera nuevo para ella. Lo escucha con una intensidad de lámpara votiva.

Aunque apenas descendieron del avión, la pareja no experimenta el jet lag ni dicen sentirse cansados. A los 81 años, John Berger guarda una fuerza y una energía envidiables. En mangas de camisa, su abrazo es fuerte y fogoso. Todo en él es fogoso, hasta la mirada de sus ojos azules, hasta la forma en que se erizan sus cabellos blancos. Claro que para él (que vive en los Alpes, al pie del Montblanc) la ciudad en la que nosotros sentimos frío, debe parecerle un balneario.

La emoción me entorpece. Gran escritor, resulta que su voz es un canto entre el cielo y la tierra, un canto que nos llega hasta las entrañas y remueve sentimientos olvidados. Intento no mirarlo con demasiada admiración pero no puedo evitarlo. Él lo sabe porque sabe todo. Su rostro, marcado por la vida, me recuerda al de algunas fotografías de Samuel Beckett.

Usted dice que sólo rescataría de su “modesta carrera” como pintor unas cuantas telas hechas en los años 40 en las calles de Livorno, Italia, ciudad pobre y herida por la guerra, porque allí descubrió algo acerca de la ingenuidad de los desposeídos y también se dio cuenta de que no quería tener que ver con quienes detentan el poder. El poder ha sido su aversión de por vida. ¿Es por ello que va a Chiapas a apoyar a los pobres, a los más pequeños como los llama el subcomandante Marcos?

–No, voy a Chiapas a honrarlos y saludarlos porque con todas las extraordinarias dificultades que enfrentan admiro lo que han logrado y siguen logrando. A lo mejor mi admiración está ligada al hecho de que son los poderosos quienes escriben la historia y son los pobres y los que no tienen poder los que escriben las canciones y yo amo a la poesía y las canciones.

–Usted utiliza mucho una palabra que me llama la atención: unworldliness, que para mí significa alejado del mundo y de consideraciones egoístas. ¿Por qué?

(Un largo rato de silencio.)

–Es una palabra muy curiosa porque a la primera mirada parecería que pertenece al mundo y estar familiarizada con el mundo, pero de hecho, worldliness frecuentemente sólo quiere decir interés en uno mismo y se refiere a gente que cree que conoce los modos del mundo cuando sólo saben calcular y obtener lo mejor para sí mismos. En contraste, unworldliness significa que por una razón u otra los hombres han renunciado a ese interés por decisión propia o por las circunstancias y la paradoja se repite porque unworldliness en un cierto sentido quiere decir conciencia del mundo, de tal manera que el mundo no sólo es un objeto para usarse sino que ofrece algo sorprendente que nos saca de nosotros mismos y nada tiene que ver con la adicción a los placeres temporales y al dinero.

–Usted mismo tomó una decisión que fue un salto en el vacío cuando en la época de su libro Ways of seeing (Modos de ver) dejó Londres y sus grandes éxitos en la radio BBC para irse a un pueblito de Francia en los Alpes a vivir entre los campesinos y los pobres y escribir sobre ellos. ¿Usted quiso escapar de la mundanidad? ¿La suya y la de Beverly fue una renunciación?

–Son dos preguntas las suyas. Una, por qué nos fuimos de Londres, otra por qué vivimos en los Alpes y me parece que la segunda es más interesante. Vivir en la Haute Savoie (Alta Saboya), entre los campesinos, fue una necesidad. La Haute Savoie era un área muy pobre hasta los años 50 –claro que no muy pobre según los estándares mexicanos–, pero sí pobre para los franceses. Por ejemplo, una familia campesina en ese tiempo era muy numerosa porque por muchas razones los pobres tienen muchos hijos, y en esos días el invierno duraba desde noviembre hasta abril y era completamente imposible trabajar la tierra. Entonces tres o cuatro miembros de la familia emigraban a un rincón de París en el que todos los de la Haute Savoie se empleaban en la calefacción, es decir, en llenar durante toda la noche los hornos del sistema central de calefacción de las estaciones de ferrocarril, del Palais de L’Elysée de París y otros espacios públicos. La pobreza no es la razón por la que decidí ir allá, sino porque antes de ir a la montaña en los años 70, hace más de 40 años, escribí un libro sobre inmigrantes portugueses, españoles, turcos y africanos del norte que se llamó El séptimo hombre. La mayoría eran hombres que llegaban a la Europa del Oeste para encontrar trabajo, viajaron sin su familia y ese es un libro sobre su experiencia. Fue el primero de los tres libros que hice con el fotógrafo John Mohr. Pasé muchísimo tiempo compartiendo las condiciones de vida de la mayoría de estos hombres que provenían de pueblitos en los que la pobreza es apabullante. Al escucharlos era fácil identificarme con ellos y escribir acerca de su jornada, el choque que les provocaba la ciudad, su esfuerzo para enviar dinero a su familia, pero lo que sí no podía yo imaginar era su vida anterior en su pueblo de origen, un pueblo muy pobre con muy poca tierra. No podía yo imaginarlo porque estaba completamente fuera de mi experiencia. Por eso cuando terminé G. me preocupé mucho por mi ignorancia y porque en ese tiempo la mitad de la población del mundo vivía del cultivo de la tierra, y al constatar mi ignorancia gigantesca quise aprender un poquito más acerca de cómo podría ser la vida de hombres y mujeres en ciertas partes de la Alta Saboya, donde todavía practicaban un tipo de agricultura primitiva con prioridades muy particulares que se pasaban de generación en generación y no habían desaparecido, aunque ahora sí están desapareciendo. Fui porque quise aprender cómo era no sólo su vida física, sino sus almas. Esa fue la razón para ir a la Haute Savoie, no para visitar a la pobreza. Fui allá como ir a la universidad porque además nunca he ido a la universidad. Fui a verlos no porque eran pobres, sino porque en cierto sentido eran muy ricos y tenían mucho qué enseñar. Nunca fui a una universidad, dejé la escuela cuando tenía 16 años y me fui a una academia de arte a dibujar mujeres desnudas.

–Esa fue una muy buena razón. ¿Y cómo espera usted relacionarse con los indígenas zapatistas?

–No sé. El verdadero viaje es siempre un “no sé” y luego algo sucede, quizá lo que no esperas.

–En Pig Earth (Puerca tierra), usted dice que la vida es líquida, que los chinos se equivocaron al creer que lo esencial es la respiración. Usted presencia la matanza de una vaca, cuya nariz rosada todavía tiembla y se conmueve por su sufrimiento. ¿Aún piensa que la vida y la muerte son líquidas? Chiapas también es un estado de resistencia entre la vida y la muerte y es líquido porque allá llueve mucho.

(Hace una pausa muy larga.)

–Siento mucha suspicacia por las ideas prestablecidas pero, okey, podemos llamar a la vida líquida o a lo mejor podríamos llamar a la vida, vida. Cuando presencié la matanza de esa vaca me pareció que la vida era líquida porque la sangre fluía de su nariz, en ese contexto muy específico es factible generalizar acerca de la vida. Lo que escribí no tiene que ver con la escritura científica, pero sí con la lírica. Es como sumergirse de pronto en uno mismo y volverse alerta a lo que sucede y luego, a partir de ello, levantar abruptamente los ojos y ver la última vida que le estaban quitando a la vaca. Mi argumento no es vegetariano, la matanza de la vaca es una realidad y yo estaba en el centro de esa realidad, de esa vida que desaparecía; entonces, sí, pensé que la vida era líquida.

Usted escribió que su pintor favorito es Caravaggio, y éste tiene algo en común con Diego Rivera. ¿Va usted a ver los murales de Rivera mientras está en México?

–Claro que sí, lo espero, claro que sí. Ayer, nuestra visita a la Casa Azul de Frida Kahlo fue una experiencia muy intensa. Nunca he visto un museo o un santuario como ese en ninguna parte. Para mí resultó dialéctico porque el museo está ensamblado con reliquias que transforman a Frida en un icono y, como siempre pasa con las reliquias, la verdadera índole de la persona se pierde. Quizá las reliquias enfatizan la ausencia pero fallan en crear la presencia. Había fotografías –no las famosas–, sino instantáneas de Diego y de Frida muy sugerentes porque evocaban su vida en común, su complicidad, y los volvían gente común y corriente, gente como nosotros, y nos enseñaban su subversión y por eso mismo se volvían subversivos, eso es muy necesario recordarlo. Hice un dibujo muy rápido de algunas de esas fotografías. (Como buen pintor, como buen escritor, John Berger siempre toma notas y hace apuntes de lo que ve.)

Usted tiene toda la razón al decir que Frida Kahlo es un icono como la virgen de Guadalupe. Hoy (12 de diciembre) se celebra el 476 aniversario de las apariciones de la Virgen según La Jornada. ¿Cuáles han sido sus apariciones?

Beverly, su mujer, interviene:

–Buena pregunta.

–En cierto momento de mi vida, sobre todo cuando estaba escribiendo un libro de no ficción que me tomó ocho o nueve años: G., en ese tiempo con frecuencia, cuando cerraba mis ojos no necesariamente para dormir porque yo no dormía, a veces sentado y a veces acostado, veía caras muy cerca de mí, a la misma distancia en que estamos ahora usted y yo, a veces una, otras veces dos, y podía verlas muy bien, podría yo haber dibujado un retrato de cada una porque eran muy particulares y yo sabía que estaban muertas y era gente que no había conocido. No era un juego, era un ritual con el que me familiaricé. Las caras no se quedaban quietas, hablaban y se miraban entre sí animosas y después de un cierto tiempo me miraban a mí, su mirada era de reconocimiento. Esto me sucedió durante dos años y esas fueron mis apariciones. A la mejor esas apariciones estaban conectadas con el libro que escribía, porque éste se sitúa al final del siglo XIX hasta 1940 en Sudáfrica, cuando hubo un gran levantamiento en 1902 para pedir tierra.

Antes de cada pregunta, Berger hace una pausa muy larga, se alisa los cabellos, reflexiona y durante este silencio adquiero la certeza de que el lenguaje es el más grande honor de los hombres, es la herramienta con la que John Berger busca apasionadamente servir a la verdad. Les confiere a las palabras una fuerza que otros no saben darles. Durante esa espera me dan ganas de rezar y regreso a la niña confiada que fui. Sí, John Berger tiene la llave.

(Publicado originalmente en La Jornada, México, 16 de diciembre de 2007)

22.12.07

El retorno de Varlam Shalamov

Escribe
Ramón Muñoz

"Todos los sentimientos humanos -el amor, la amistad, la envidia, el ansia de gloria, la misericordia o la honradez- nos habían abandonado con la carne con la que nos vimos privados durante nuestra prolongada hambruna. En la insignificante capa muscular que aún quedaba adherida a nuestros huesos, y que aún nos permitía comer, movernos, respirar, e incluso serrar leña o recoger con la pala piedras en la carretilla por los inacabables tablones de madera en las mimas de oro, en esta capa muscular sólo cabía el odio, el sentimiento humano más imperecedero". Son los Relatos de Kolymá, prácticamente el único libro -a excepción de un diario y varios poemarios- que escribió Varlam Shalamov, un casi desconocido escritor ruso al que, sin embargo, le tiene reservado un sitio la posteridad.

Shalamov (1907-1982), como Fernando Pessoa o Cesare Pavese, no ha comenzado a ser reconocido hasta mucho después de su muerte, pese a que inició sus relatos en 1955, dos años después de ser liberado de Kolymá, el más grande y abyecto campo de concentración de la era estalinista.

Nacido en Vologda, periodista y abogado, Shalamov fue un verdadero revolucionario y, como tal, pronto daría con sus huesos en el gulag. En el de Kolymá, en el extremo noroeste de Siberia, pasó 17 años de su vida. En ese tiempo pudieron perecer de hambre, frío y extenuación hasta tres millones de personas. Más de un tercio de los prisioneros moría cada año en la llamada "tierra de la muerte blanca", dedicados a la explotación de minas, la tala de bosques o la construcción de carreteras que se cimentaban con los huesos triturados de los esclavos muertos del padrecito Stalin, a quien tan vil como inconscientemente alabaran escritores como Alberti o Neruda.

Con vivencias tan estremecedoras, a Shalamov le podría haber bastado la crónica periodística de la denuncia, como hizo el afamado Solzhenitsin. Pero optó por el camino del estilo. Y es que los Relatos de Kolymá no son sólo un testimonio del horror de los campos, sino todo un ejercicio único de estilo que le convierten en uno de los grandes de la literatura rusa (o más bien soviética) del siglo XX junto a Isaac Babel, asesinado también por los verdugos estalinistas, o Andréi Platónov, otra víctima de la Gran Purga

En poco más de un centenar de relatos breves, Shalamov trasciende el testimonio del sufrimiento, para allegarnos a terrenos del sentimiento que sólo puede alcanzar la literatura con mayúsculas. Y lo hace con un estilo seco, de frases breves, casi tan cortantes como los 50º bajo cero que tuvo que soportar muchos días de su encierro en la inmensa cárcel helada de Kolymá. Heredero del laconismo de Chéjov y del realismo atormentado de Babel, Shalamov es capaz de relatar con crudeza de acero el fusilamiento o la muerte por inanición de un prisionero, y envolvernos con minimalismo poético en la descripción de un árbol de la taiga. Sus relatos se titulan El pan, La leche condensada, o Vaska Denisov, el ladrón de cerdos. Y aunque tienen cierto hilo argumental, se pueden leer como cuentos independientes, sin perder frescura. "No se mostraba el termómetro a los trabajadores, era además completamente inútil. Había que salir con cualquier temperatura. Los más viejos se pasaban el termómetro, si hay neblina, hace 40º bajo cero; si respiramos sin mayor dificultad, pero el aire se exhala acompañado de ruido, quiere decir que hace menos de 45º; y si la respiración es ruidosa y está acompañada de una agitación visible, hace menos 50º". Puro materialismo dialéctico, que diría un crítico de los setenta.

Shalamov vivió perseguido y acabó sus días como un maldito en 1982, en un manicomio en el que había ingresado en contra de su voluntad. En los sesenta sus relatos comienzan a circular clandestinamente en los círculos culturales de Moscú, hasta que cruzan la frontera y se publican en Londres en 1972. En Rusia, los Relatos no verían la luz hasta 1987 pero ya antes se habían convertido no sólo en un símbolo de la disidencia sino en todo un mito literario, gracias en parte a la fundación auspiciada por su viuda y financiada con aportaciones de sus admiradores. Su fama no para de crecer: ya ha merecido la profanación de su tumba y hasta una serie de televisión. El centenario del nacimiento de Shalamov ha propiciado un redescubrimiento de su obra, y la edición en seis volúmenes de los relatos completos por la editorial Minúscula.

(Publicado originalmente en Babelia, suplemento de El País, Madrid, 22 de diciembre de 2007)

19.12.07

Acerca del marxismo crítico en México

Escribe
Michael Lowy

El Fondo de Cultura Económica pondrá a circular en breve el libro Marxismo crítico en México: Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría, en el que el autor, el filósofo alemán Stefan Gandler, reivindica las aportaciones que esos dos pensadores mexicanos han hecho a la filosofía mundial, con un punto de vista contrario al eurocentrismo imperante en los estudios filosóficos. Como una primicia para los lectores de La Jornada, ofrecemos las primeras páginas de este libro a manera de adelanto. Se trata del prólogo que escribió Michael Lowy y que a su vez, también a contracorriente de los usos y costumbres del ámbito académico, no sólo ubica, reseña, alumbra hacia el contenido del libro, sino que infunde un saludable espíritu crítico al mismo

Este hermoso libro nos habla de la contribución latinoamericana -en este caso, mexicana- a la renovación del marxismo crítico.

Stefan Gandler logró no sólo exponer, de manera profunda y coherente -¡pero no acrítica!-, el pensamiento de Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría, su biografía, la evolución de sus ideas, la bibliografía completa de sus obras, sus convergencias y divergencias, sino también aportó la demostración de que la ruptura con el eurocentrismo es una condición indispensable para una verdadera universalización de la teoría crítica.

En la obra de Mariátegui, conoció América Latina una primera versión del marxismo crítico, que buscaba romper con el método del "calco y copia" de las experiencias europeas. (En este punto, no puedo compartir para nada el juicio de Gandler, según elcual Mariátegui simplemente representaría una manera "latinoamericanizada" de leer el marxismo soviético). Después de su muerte (1930), predominará durante largos años en América Latina la vulgata soviética del marxismo estalinizado -con pocas y honrosas excepciones. Sólo después de la Revolución Cubana volverá a desarrollarse en el continente, bajo múltiples formas, el marxismo crítico, del cual nuestrosdos pensadores mexicanos son una de las más originales e innovadoras manifestaciones. A pesar de pertenecer a dos generaciones distintas, los dos exilados políticos en México de quienes se habla en este libro, tuvieron como punto de partida de su reflexión renovadora la experiencia revolucionaria cubana, así como, años más tarde, la del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Adolfo Sánchez Vázquez tuvo no sólo el mérito de ser uno de los primeros marxistas -no únicamente en América Latina, sino a escala internacional- en criticar el positivismo althusseriano desde el punto de vista de la filosofía de la praxis, sino también, como lo subraya Stefan Gandler, logró desarrollar, sin conocer la obra de Walter Benjamin, un concepto crítico de historia, inserto en su visión de la praxis; sin olvidar su aporte a la discusión política de los marxistas, insistiendo en la centralidad de la cuestión democrática para la implementación de una transformación socialista. Comparto la admiración de Gandler por la integridad filosófica y política del autor de la Filosofía de la praxis, independientemente de la crítica que se pueda hacer a tal o cual aspecto de su obra.

Creo que tiene también razón Gandler cuando subraya la novedad y la importancia de los trabajos de Bolívar Echeverría, y de su proyecto de crítica radical a la "modernidad realmente existente", pero cuestiona su utopía de una "sociedad no capitalista de productores de mercancías". El aporte decisivo de Echeverría a la superación del eurocentrismo y a la reformulación de una teoría materialista de la cultura es, sin duda, su concepto de los cuatro ethe. El más interesante y "productivo" me parece ser el concepto de 'ethos barroco', que nos da una clave sumamente valiosa para entender múltiples aspectos de la cultura latinoamericana; una clave que nos permite dar cuenta no sólo de las Reducciones Jesuitas en Paraguay, sino también, en el siglo XX, del fenómeno del "cristianismo de la liberación" y de las comunidades de base. (Entre paréntesis: me parece que se equivoca Stefan Gandler al considerar a don Samuel Ruiz y los teólogos de la liberación como "comprometidos" con el "poder fuerte y brutal" de Karol Wojtila).

Mi principal divergencia con la sutil tipología de los hete propuesta por Echeverría tiene que ver con su definición del "ethos romántico" como confusión entre el valor mercantil y el valor de uso, concibiendo el capital como una gran aventura y, por tanto, naturalizando al capitalismo. Siguiendo algunas intuiciones de Lukács, creo al revés que el romanticismo, entendido no como simple escuela literaria o estilo artístico, sino, de forma similar al barroco, como "ethops", principio de construcción del mundo que se extiende durante siglos y se caracteriza por una actitud hostil al capitalismo. El 'ethos romántico', en sus manifestaciones desde Jean-Jacques Rousseau hasta los surrealistas, pasando por Novalis, Hölderlin, William Morris, José Carlos Mariátegui y Ernst Bloch -además de varios movimientos sociales, culturales o religiosos-, es una protesta en contra de la civilización capitalista en nombre de valores culturales premodernos, y una tentativa, casi desesperada, de reencantamiento del mundo.

El libro de Stefan Gandler es no sólo una excelente introducción sino también una aguda reflexión sobre un importante capitulo "fuera de Occidente" -en la periferia latinoamericana del sistema- de lo que se ha llamado 'marxismo occidental', pero que se debería más bien designar, como lo hace él en su título, marxismo crítico, es decir, un pensamiento "universal/ concreto" que tiene por objetivo radicalizar la crítica marxista a lo falso existente.

(Publicado originalmente en La Jornada, México, 6 de mayo de 2007)

18.12.07

Marxismo crítico a la mexicana

El libro Marxismo crítico en México: Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría (Buenos Aires, FCE, 2007), de Stefan Gandler, trata de reivindicar, desde una óptica forjada en el espíritu de la teoría crítica de la Escuela de Francfort, la importancia de los aportes que dos filósofos de México han hecho al pensamiento universal. Mientras que en el ámbito social, en tiempos recientes, en América Latina se fortalece el impulso de tomar cierta distancia de los centros mundiales del poder y reorganizar de una nueva manera las relaciones políticas y económicas, en la filosofía de dicha tendencia apenas es visible. Esta obra busca ser un aporte a la reorganización de la discusión filosófica internacional, empleando la teoría crítica como punto de partida para entender la filosofía de Adolfo Sánchez Vázquez y la de Bolívar Echeverría.

A pesar de haber sido formado en Europa, donde el etnocentrismo filosófico hoy no es en verdad menos virulento que en tiempos de la Conquista, el autor intenta liberarse de esa incapacidad de la tradición occidental y abrir los ojos hacia otra vertiente del pensamiento moderno, que tal vez sea su verdadero centro: la filosofía radicalmente crítica hacia las relaciones sociales existentes, desarrollada fuera de los centros mundiales del poder, en una de las universidades más prestigiosas del mundo: la Universidad Autónoma de México, particularmente en su Facultad de Filosofía y Letras.

10.12.07

Roncagliolo y "La cuarta espada"

Escribe
Silvina Friera

El escritor cuenta que su libro nació del capricho de entrevistar al líder de Sendero Luminoso, detenido desde 1992. Pero esa idea desencadenó un retrato integral, y una serie de reacciones en la sociedad peruana de hoy.

“Una de las cuestiones que descubrí haciendo la investigación es cómo una persona es lo que ven los demás.”Es la primera vez que no está escribiendo. El escritor peruano Santiago Roncagliolo lo cuenta como un dato más de las circunstancias vitales a las que se vio sometido desde que ganó el premio Alfaguara de Novela en 2006 y se convirtió en el autor más joven que obtuvo este prestigioso galardón. No hay en su tono de voz el más mínimo rastro de preocupación: hasta se toma con humor el hecho de que un “neurótico y compulsivo del trabajo”, como él mismo se define, no tenga en mente ninguna historia. “Publiqué cinco libros muy distintos en los últimos tres años, pero he estado más promocionando libros que escribiéndolos. Llevo dos años sin pasar un mes entero en mi casa. Voy a ser papá y es la primera vez que algo me parece más importante que escribir”, dice a Página/12. Aunque nació en Lima, vivió un tiempo en México y regresó a Perú, hace siete años se radicó en España, al principio en Madrid, actualmente en Barcelona. “Quiero ser un viejo burgués que vive en un solo sitio”, bromea Roncagliolo, que acaba de publicar La cuarta espada (Debate), biografía, ensayo y crónica periodística sobre Abimael Guzmán, líder del movimiento terrorista Sendero Luminoso.

Todo empezó cuando en 2005 Roncagliolo le ofreció a un editor del diario El País, de España, donde escribe habitualmente, intentar conseguir un reportaje con Guzmán. Como ningún periodista había logrado entrevistar al líder de Sendero Luminoso, el escritor peruano consultó distintas fuentes –senderistas como la novia del líder guerrillero, Elena Iparraguirre; policías, militares y familiares de Guzmán, entre otras–, acumuló material y pronto esa pesquisa se fue transformando en un proyecto de largo plazo que excedía la escritura de un mero artículo periodístico. En la introducción a La cuarta espada, Roncagliolo cuenta que en las calles de Lima la gente responde sin dudar que Guzmán es “un monstruo”, “un psicópata”, “un asesino sin escrúpulos”. Más allá de esos adjetivos, el escritor peruano –que se llama Santiago porque sus padres se enamoraron en la capital de Chile, en alguna marcha política, cuando gobernaba Salvador Allende– observa que la pregunta más simple parece la más difícil de responder: ¿quién es este hombre, detenido desde septiembre de 1992, que declaró una guerra contra el Estado peruano que duró más de diez años, con 69.280 muertos y desaparecidos, y que se consideraba a sí mismo la “cuarta espada” del comunismo internacional, tras Lenin, Stalin y Mao?

“Una de las cuestiones que descubrí haciendo la investigación es cómo una persona es lo que ven los demás. Las primeras miradas que aparecen en el libro son de su familia, personas que llevan veinte años preguntándose cómo es que este hombre se convirtió en eso, en qué momento, si han jugado juntos cuando eran niños”, subraya el escritor. “Los policías de la Dirección Nacional Contra el Terrorismo miran a Guzmán como un intelectual, un tipo hábil y escurridizo que los desafía. Para muchos de los terroristas es prácticamente un dios, el faro que guía la revolución”, compara Roncagliolo. “Todos los seres humanos somos observados de distintas maneras, quizá no de un modo tan radical, pero cada quien ve en nosotros algo muy distinto.”

–Hay un momento en que establece cierta empatía con un aspecto de la infancia de Guzmán, cuando cuenta que, como sus compañeros de clase lo ridiculizaban por ser hijo natural, se refugiaba en los libros, “una buena patria para los que no son de ninguna parte”.

–He tratado de ser muy neutral, pero es verdad que sentí cierta cercanía con la infancia de Guzmán, porque cuando yo volví de México era un niño raro; cuando empecé a leer, hablaba raro, venía de una familia de izquierda, pero estaba en un colegio de clase alta, conservador y católico. El libro trata sobre cómo alguien que es como tú en algún momento de su vida deriva hacia una persona que tiene razones para volarte en pedazos. Muchos de los senderistas no son pobres, han estudiado en la universidad, lo cual implica cierto nivel económico y cultural, pero tienen algún grado de frustración de expectativas sociales, y como sus familias son progresistas, radicalizaron los valores asimilados en la niñez.

–Muchas de las fuentes que usted consultó coinciden en señalar que Guzmán no llora. ¿Por qué cree que no manifiesta de este modo sus emociones?

–Es algo que me ha sorprendido muchísimo. Creo que desde muy pequeño, por ser hijo natural, aprendió a ocultar sus emociones. Progresivamente, no llorar se convirtió en un elemento muy importante de su carácter. Ninguna de mis fuentes recuerda que se lo haya presentado un amigo; todos los han conocido dando una charla que podía durar diez o doce horas. Supongo que él asumió el púlpito como otra herramienta para ocultar su mundo interior, y su progresión hacia Sendero implicó el aniquilamiento de un mundo anterior, o que el mundo no existiera fuera de su actividad política. Cuando les pedí a algunos terroristas que me contaran cómo se habían enamorado y sus historias de pareja, hablaban en términos de política partidaria.

–¿Contaban sus historias de amor apelando a la dialéctica marxista?

–Peor aún: le pregunté a Osmán Marote, pareja de María Pantoja, cómo fue que se enamoraron y se casaron. Me dijo que “en función de los intereses del partido, en esta coyuntura política, encontramos que había coincidencias...”. ¡Explicaba el amor como si fuera un trámite más del partido! (risas). Yo se lo planteaba, y él me decía que no concebía su vida fuera del partido. Guzmán nunca usa el pronombre “yo”, él siempre habla de un “nosotros”, porque su existencia está completamente fundida con el colectivo del partido. Todos los senderistas han decidido no tener una voluntad individual, y como las decisiones las toma un colectivo del que forman parte, la responsabilidad no es de nadie. Si cometen un crimen, no son culpables; es el partido que lo decidió.

–¿Los senderistas creen en la ideología marxista-leninista-maoísta como si fuera una religión?

–Sí, para ellos el marxismo funciona como una religión. Había un mesías, Guzmán, encarnación de las cosas en que ellos creían. El marxismo te explica el mundo, te ofrece una ética sobre cómo comportarte y un paraíso, si te comportas según la norma. Muchos senderistas venían de la religión católica, era gente que quería creer en algo, en un mundo sin matices, sin fisuras, donde estuviera claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos.

–¿Por qué en el libro relativiza los vínculos entre el narcotráfico y Sendero?

–Lo habitual ha sido pensar que Sendero era un ejército de los narcos. Sendero funcionaba como el Estado para los campesinos: organizaba la producción de coca, fijaba el precio, cobraba el impuesto y era la guardia de defensa de los campesinos ante los narcos. Durante muchos años la guardia armada de los narcos fue el Estado, la policía. La estrategia de Sendero era legitimarse en los sectores donde el Estado no llegaba; entraban al pueblo, mataban al alcalde, a las autoridades, creaban un vacío de poder y llenaban ese vacío. La estrategia final era ir llenando el espacio que el Estado dejaba hasta asfixiar la ciudad, pero se volvieron demasiado violentos y perdieron el apoyo de la gente.

–¿Qué aspectos de la situación política y social del Perú explican el protagonismo que tuvo Guzmán y Sendero Luminoso?

–El marxismo es muy útil para capitalizar la desigualdad por la lucha de clases. A la gente no le molesta tanto ser pobre, lo que le molesta de ser pobre es si hay un rico al lado. La lucha de clases explica cómo resolver esa situación, y le dio mucha capacidad de movilización a Sendero. Explica también el abismo que hay entre el campo y la ciudad en Perú, y lo precario que era el Estado peruano, que no podía cubrir todo el territorio nacional; y explica lo mal articulada que está la sociedad peruana y cómo el Estado no sabía qué hacer: los policías se peleaban con los militares, los militares se peleaban con los civiles. Estamos hablando de setenta mil muertos y desaparecidos, que es como Chile, Argentina y Uruguay sumados. En estos países está bien claro quiénes son los malos, unos militarotes que no habían sido elegidos, pero en Perú los muertos y desaparecidos fueron víctimas de las democracias civiles. Las víctimas no existían para el Estado, eran campesinos invisibles que no tenían ni documentos.

–¿El Estado peruano se fortaleció o sigue siendo tan débil como entonces?

–No sé si se fortaleció como Estado, pero es más consciente. Ahora ha habido atentados en la zona cocalera, columnas de Sendero que ya no tienen una dirección política y trabajan para el narcotráfico, y por lo menos han surgido voces que plantean que mientras no haya un proyecto de desarrollo, no se puede combatir la violencia. Si decías esto en los ochenta, eras marxista, hoy forma parte del sentido común. Mucha de la gente que estuvo cerca de Sendero, como Ignacio Obregón, ahora está en el Congreso, y la llegada de Hugo Chávez y Evo Morales hizo que la gente tomara conciencia de que si los pobres son más y votan juntos, ganan las elecciones, lo cual aleja a la gente de la violencia.

–En un momento, Guzmán dice que le gusta la literatura, pero siempre “me gana la política”. En su caso, ¿habría que invertir los términos y plantear que le gusta la política, pero siempre lo gana la literatura?

–No lo sé, escribo mucho de política... La política siempre ha estado en mi vida. Crecí en una familia que hablaba todo el día de política. Además, siempre ha habido cuestiones políticas que alteraron mi vida: el exilio en los ’70, la violencia en los ’80, la dictadura de Fujimori en los ’90. En realidad, me gustaría que no me gustase la política, pero siempre está encima de mí, es ella la que se mete conmigo.

–¿Es cierta la anécdota que cuenta en el libro, que el día de la entrevista con el director de la escuela a la que estaba por ingresar, cuando le preguntó a qué le gustaba jugar, contestó que “a la guerra popular”?

–Sí (risas), pertenezco a una generación que creció muy politizada, pero cuando llegaron los ’90 quedamos completamente fuera de sitio. Me entrenaron para ser un perro de caza político, y en los noventa hablar de política era de mal gusto. Pero no estoy tan seguro de que a los jóvenes ya no les interese la política. Al contrario, después del 2000 y ahora mismo se ha recuperado la política. En los noventa no se hablaba de política porque parecía que todo estaba resuelto: se había caído el Muro, lo que implicaba que ibas a ser un país rico, desarrollado, con carreteras y computadoras... Han pasado diecisiete años y seguimos teniendo los mismos problemas que teníamos, y eso generó una necesidad de volver a pensar ciertas cosas. Somos una generación muy escéptica, que no cree en los grandes discursos. Un amigo, que tiene veinte años más que yo, siempre me dice: “Nosotros queríamos cambiar el mundo y ustedes se contentan para ver cómo hacen para que no reviente”.

La cuarta espada generó mucha polémica en Perú. Algunos han cuestionado que haya comparado la ideología de los senderistas con La guerra de las galaxias. ¿Qué opina usted?

–Es banal leer un libro de 280 páginas y creer que lo más importante es una metáfora. Me pareció interesante presentar el libro en la cárcel de Castro Castro y por primera vez estar con terroristas pro Guzmán, anti Guzmán, del MRTA, militares y gente del servicio de Inteligencia presos por violación de los derechos humanos y políticos detenidos por corrupción. Todos en la misma sala, todos hablando del tema, y todos, lo más extraño, escuchándose. Eso es lo más interesante que he conseguido con este libro, algo que nunca consigues con una novela. Siempre he pensado que la literatura no sirve para nada, puede cambiar la vida de algunas personas, como ha cambiado la mía, pero no cambia las sociedades. Esta biografía de Guzmán no está cambiando la sociedad peruana, pero ha creado un efecto social que por lo menos la convertirá en el libro más útil que he escrito en mi vida.

(Publicado originalmente en Página/ 12, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2007)

4.12.07

Homenaje a Violeta Parra

JAG VILL TACKA LIVET - TILL MINNES VIOLETA PARRA
Crossing Project Band
07 dec 2007, 19:30 Vävar Johans gata 9, Hammarby Sjöstad -Sickla Udde, Stockholm, 12069Kostnad : 130 kr

Konsert "Jag vill tacka livet" till minne av Violeta Parra. Crossing Project Band spela med flera gästartister, bl.a. framställer Violeta Parra på andra språk än spanska, hennes modersmål. Från folkmusik till jazz, swing, reagge och rock. Instrument som dragspel, charango och elgitarr hittar sin plats tillsammans med trummor, bas och synt och bygger upp en unik ljudbild. Musiken kan inte benämnas på något bättre sätt än helt enkelt.
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GRACIAS A LA VIDA - HOMENAJE A VIOLETA PARRA
Crossing Project Band
07 dec 2007, 19:30 Vävar Johans gata 9, Hammarby Sjöstad -Sickla Udde, Stockholm, 12069Kostnad : 130 kr

El grupo Crossing Project ofrece este recital junto a varios artistas invitados, que entre otros detalles, interpretan temas de Violeta Parra en sus idiomas maternos, enriqueciendo de esta forma los textos en castellano, lengua natal de Violeta Parra. Desde la música folclórica hasta el jazz, swing, reagge y el rock, instrumentos tan variados como el acordeón, charango y guitarra eléctrica encuentran su lugar junto a la batería, bajo y el sintetizador creando un sonido único. La música de Violeta no se pudo expresar de mejor forma, además de simple.

30.11.07

Un premio a la dignidad humana

Escribe
JOSÉ SARAMAGO
Escritor Premio Nobel

Si yo tenía que recibir hoy una alegría, debía ser ésta del premio Cervantes de Juan Gelman. En primer lugar porque es un gran poeta. Cabe decir que durante muchos años se ha mantenido -quizá a sí mismo- en una especie de penumbra. Todo el mundo era consciente de la grandeza de su obra, pero no aparecía a menudo en los periódicos. Sólo hace pocos años, y quizá también desde la concesión del premio Reina Sofía, su nombre empezó a ocupar en las preferencias literarias y artísticas -y humanas en general- de mucha gente el lugar que le corresponde.

Yo tuve una pequeña parte en la carta que escribió al presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, quien no parecía dispuesto a dar orden de profundizar en la investigación sobre los restos del hijo de Juan Gelman. Creo que la carta produjo su efecto y al cabo se llegó al descubrimiento de una nieta de Juan y a su encuentro con ella. Juan ha vivido momentos muy duros con la preocupación casi obsesiva de no saber dónde estaban los suyos e hizo de esa preocupación casi el objetivo de su vida, que en parte ya ha logrado.

Pilar, mi mujer, y yo, estuvimos hace casi un mes en Buenos Aires y visitamos el Parque de la Memoria donde, de una manera absolutamente emocionante, se ha levantado un muro de treinta mil ladrillos, cada uno de ellos con el nombre de un desaparecido. Las personas que visitan el parque y llevan flores las lanzan al Río de la Plata en memoria de todos los que fueron torturados. Pero, claro, el premio no es por esto.

Gelman es gran poeta y hoy ha tenido un reconocimiento porque a lo largo de los años, como escritor y como persona, ha mantenido una lucha en busca de la verdad. Por eso creo que el ladrillo que tiene el nombre de su hijo, el nombre y nada más -al igual que el resto de los 30.000, que recuerdan a los que perdimos- se convertirá en una especie de lugar de peregrinación. Con esa pérdida, y con tantas otras, nosotros también ganamos, en el sentido de que si necesitáramos héroes sabemos que los tenemos allí. Había incluso chicos de 14 años, mujeres embarazadas... Es un lugar de sufrimiento. Aunque creo que el ser humano no es susceptible de aprender con su propia experiencia.

La obra de Gelman tiene un componente moral, no moralizante -está por encima de las buenas intenciones y las palabras bonitas-, sino radicado, producido por la vida misma que le ha impuesto al poeta ser como persona aquello que en el pasado jamás pudo imaginar. Y como esto está en la obra de Juan Gelman, se quiera o no se quiera, debemos interpretar el Cervantes de este año como un premio a la dignidad humana.

(Publicado originalmente en ABC, Madrid, 30 de noviembre de 2007)

29.11.07

Juan Gelman galardonado con el Premio Cervantes 2007

El poeta argentino Juan Gelman, de 77 años, fue galardonado hoy en España con el máximo premio de literatura de la lengua española, el "Cervantes", se informó oficialmente en Madrid. El galardón, instituido en 1974, es otorgado por el Ministerio de Cultura de España. Este reconocimiento se suma a los ya recibidos por Gelman como el Nacional de Poesía argentino, el de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El Ministerio español de Cultura otorga el Cervantes en reconocimiento al conjunto de la obra de un escritor.

El premio está dotado con 90.450 euros (133.300 dólares) y fue anunciado por el ministro de Cultura de España, César Antonio Molina, tras la reunión que mantuvo el jurado, presidido por el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha.

Jorge Luis Borges figura entre los destacados escritores argentinos, además de españoles y latinoamericanos que -por lo general, de manera alternativa- se hicieron acreedores de este galardón. Algunos otros fueron Alejo Carpentier (Cuba), Dámaso Alonso y Rafael Alberti (España), Juan Carlos Onetti (Uruguay), Octavio Paz y Carlos Fuentes (México), Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares (Argentina), Augusto Roa Bastos (Paraguay), Mario Vargas Llosa (Perú), Jorge Edwards (Chile).

El 23 de abril de 2008, coincidiendo con la fecha en que se conmemora la muerte de Miguel de Cervantes, el rey de España, Juan Carlos I, presidirá la entrega del galardón a Gelman, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá.

El poema

Entra como un ladrón, roba desastres, se lleva
calles donde morí,
lo que ha fingido ser en una
estación sin viaje, guarida
de los besos caídos.

¿Qué hace
con la tierra sin brisa,
los arrabales del ninguno?

No primavera en su pañuelo tibio
como una desnudez. Se prueba
el dolor y cumple
su promesa de nuncas.

Todo lo que hace mal
en él canta.

Esta noche.
Hijo, podés venir.

(“El poema” forma parte de País que fue será, recién editado por Visor, que además ha reunido en Sidney West y otros poemas tres libros de Gelman anteriores a su exilio en 1975).

Daniel Viglietti en Uppsala

(Federación de Organizaciones de Uruguayos en Suecia/
Uruguayanska Riksförbundet)
F.O.U.S.

Presenta al mundialmente conocido cantautor uruguayo/
den världsberömda folksångaren från Uruguay

Sábado 1 de diciembre
/Lördag 1 december

Dirección/Adress:
Slottsbiografen / Nedre Slottsgatan 6B /
753 09 Uppsala

Hora/Tid: 19.30

Entrada/Entré: 160 kr

Artista invitado/ Kvällens gästartist: Jan Hammarlund

Entradas/ Biljetter

Veronika Engler: veronika.engler@bredband.net
Sergio Acosta: sergio.acosta@sll.se

Telf.:
018 244684
0707317436

LAS ENTRADAS SE PAGAN AL PLUSGIRO DE LA F.O.U.S : 228287 - 9

Lo recaudado en las actuaciones se destinará a apoyar el
Fondo Raúl Sendic en Uruguay


INVITAN

F.O.U.S.
CASA URUGUAY DE UPPSALA
ABF

25.11.07

Un argentino en el París de los '60

José "Pepe" Fernández


Se instaló en Francia en 1954, y fue un fiel representante de la bohemia argentina en el exilio parisino. Murió hace un año, en su buhardilla de la rue du Four. Pepe Fernández era escritor y fotógrafo, amigo de Victoria Ocampo y su círculo. A esas personas con las que se codeaba retrató en fotos tomadas con espontaneidad, nunca en un estudio: momentos robados a Borges, Silvina Ocampo, Bioy Casares, Cortázar, María Elena Walsh, Italo Calvino, Pablo Neruda, Manuel Mujica Lainez. Y ahora algunas de esas tomas inéditas y privadas se pueden ver en la casa de Victoria Ocampo, apenas un preludio a las retrospectivas de su obra planeadas para el año que viene en galería Vasari y el Museo Fernández Blanco.

Julio Cortázar

Jorge Luis Borges

(Del suplemento Radar, Página/ 12, Buenos Aires, 25 de noviembre de 2007)

22.11.07

Ramonet y los private equities

Nuevo capitalismo

Escribe
Ignacio Ramonet

Al tiempo que el discurso crítico -llamado en otro tiempo altermundialista- contra el horror económico se enreda y se vuelve repentinamente inaudible, se instala un nuevo capitalismo, todavía más brutal y conquistador. Es el de una nueva categoría de fondos buitre, los private equities, fondos de inversión rapaces con apetito de ogro que disponen de capitales colosales (1).

El gran público no conoce bien los nombres de estos titanes: The Carlyle Group, KKR, The Blackstone Group, Colony Capital, Apollo Management, Partners Cerberus, Starwood Capital, Texas Pacific Group, Wendel, Eurazeo. Y al abrigo de esta discreción se aprestan a apoderarse de la economía mundial. En cuatro años, de 2002 a 2006, el monto de los capitales reunidos por estos fondos de inversión, que recogen dinero de los bancos, de las empresas de seguros, de los fondos de pensiones y de los bienes de particulares muy ricos, pasó de 94.000 millones de euros a 358.000 millones. Su capacidad financiera es fenomenal, supera los 1.100 millardos de euros. No hay quien se les resista. El año pasado en Estados Unidos los principales private equities invirtieron alrededor de 290.000 millones de euros en compra de empresas, y más de 220.000 millones sólo en el curso del primer semestre de 2007, haciéndose así con el control de 8.000 empresas... Ya un asalariado estadounidense de cada cuatro, y un asalariado francés de cada doce, trabaja para estos mastodontes (2).

Después del Reino Unido y Estados Unidos, Francia es el principal blanco. El año pasado se apoderaron de 400 empresas (por una suma de 10.000 millones de euros) y administran ya más de 1.600. Marcas muy conocidas, como Picard Surgelés, Dim, los restaurantes Quick, Buffalo Grill, Páginas Amarillas, Allociné o Afflelou, se encuentran bajo el control de los private equities, casi siempre anglosajones, que ahora planean sobre gigantes del CAC 40 (3).

El fenómeno de estos fondos rapaces surgió hace quince años, pero estimulado por créditos baratos y a favor de la creación de instrumentos financieros cada vez más sofisticados, cobró en los últimos tiempos una dimensión preocupante. El principio es simple: un club de inversores afortunados decide comprar empresas a las que inmediatamente después administra de manera privada, lejos de la Bolsa y sus normas coactivas, y sin tener que rendir cuentas a accionistas puntillosos (4). La idea es eludir los principios mismos de la ética del capitalismo apostando exclusivamente a las leyes de la jungla.

Concretamente, las cosas suceden así, según la explicación de dos especialistas: "Para adquirir una empresa que vale 100, el fondo pone 30 de su bolsillo (se trata de un porcentaje promedio) y pide prestados 70 a los bancos, aprovechando tasas de interés muy bajas. Durante tres o cuatro años reorganiza la empresa con los administradores que tenía, racionaliza la producción, desarrolla actividades y capta toda o parte de las ganancias para pagar los intereses... de su propia deuda. Después de lo cual, revende la empresa a 200, por lo general a otro fondo que hará lo mismo. Una vez devueltos los 70 pedidos en préstamo, le quedan 130 en el bolsillo, por una puesta inicial de 30, es decir, más del 300% de tasa de retorno sobre inversiones en cuatro años. ¿Quién da más? (5).

Mientras personalmente ganan fortunas demenciales, los dirigentes de estos fondos practican sin escrúpulo los cuatro grandes principios de la racionalización de las empresas: reducir el empleo, comprimir los salarios, aumentar los ritmos y deslocalizar. Alentados en esto por las autoridades públicas, que como hoy en Francia sueñan con "modernizar" el aparato de producción. Y en perjuicio de los sindicatos que ponen el grito en el cielo y denuncian el fin del contrato social.

Había quienes creían que con la globalización el capitalismo se daría finalmente por satisfecho. Ahora vemos que su voracidad parece sin límites. ¿Hasta cuándo?

NOTAS

(1) Véase Frederic Lordon, "El mundo, rehén de las finanzas", en Le Monde diplomatique, edición española, septiembre de 2007.

(2) Véase Sandrine Trouvelot y Philippe Eliakim, "Les fonds d'investissement, nouveaux maîtres du capitalisme mondial", Capital, París, julio de 2007.

(3) Cotation Assistée en Continu. Índice bursátil francés. Es una medida ponderada según la capitalización de los cuarenta valores más significativos de entre las 100 mayores empresas negociadas en la Bolsa de París.

(4) Véase Philippe Boulet-Gercourt, "Le retour des rapaces", Le Nouvel Observateur, París, 19 de julio de 2007.

(5) Véase Capital, op. cit.

(Publicado originalmente en Le Monde Diplomatique, Nº 145,
noviembre de 2007)

19.11.07

Charla sobre El Salvador en CETAL

Este miércoles 21 de noviembre, a las 19:00 horas, Jorge Schafik Handal Vega, hijo del histórico líder del FMLN y diputado del Parlamento Centroamericano (PARLACEN), estará informando, en el marco de una charla organizada por CETAL (S:t Johannesgatan 2, 2 tr.), sobre la situación actual de El Salvador y también sobre las próximas elecciones para el 2009, donde, según ha trascendido, se dan muchas posibilidades para que el FMLN pueda obtener una victoria electoral.

Marx no era marxista

Escribe
Alejandro Michelena


Uno de los graffitis más originales fue el que se podía leer en Montevideo, en un muro frente al Parque Rodó. Estaba escrito en condicional y decía: “Si Groucho hubiera escrito El Capital...”

A más de un marxista dogmático debe haberle parecido una herejía. Pero otros la leyeron con amplitud y llegaron a la conclusión que el anónimo escriba era un buen lector de Marx. Como aquel aventajado discípulo del Gorgias en la parábola de Rodó, al atreverse a cuestionar con buen criterio e inteligencia al maestro le era fiel en lo esencial.

Esta pequeña anécdota viene a cuento a la hora de esbozar la figura y la significación de Carlos Marx en este nuevo milenio. No hay que olvidar que durante gran parte del siglo XX, la figura de este filósofo, economista y agitador prusiano fue mitificada a grados extremos. Y si bien fueron muchos los intelectuales que, aplicando la propia dialéctica marxiana osaron interpretarlo, cuestionarlo e interpelarlo, para millones de individuos en muchas partes del mundo los libros de éste operaron de manera idéntica que el Corán para los mahometanos o la Biblia para los cristianos.

Hoy se ha pasado al otro extremo. De ser infaltables en toda librería y hasta en los quioscos, los títulos de este Marx han sido condenados al purgatorio de las mesas de liquidación. Y no han faltado quienes, muy sueltos de cuerpo, han procurado decretar que Marx estaba equivocado, y que nada de lo que pensó y escribió conserva vigencia.

Esa manera de ver las cosas, que tanto se acepta al presente como “nueva verdad”, implica un sofisma equivalente a culpar a Jesucristo de la Inquisición, el dogmatismo católico, la crueldad calvinista y tantas otras tristezas que dejaron los muchos siglos de religión dogmática. El filósofo renano, que procuró darle a la utopía socialista una apoyatura conceptual, no es culpable de las abominaciones que invocando su nombre llevaron adelante personajes que –de haberlos conocido– hubiera vinculado al “despotismo asiático” que tan bien supo delinear.

Mal que le pese a tantos, el pensamiento marxiano seguirá siendo un referente insoslayable para disciplinas como la Economía, la Sociología y –mucho menos– la Filosofía.

En esta nueva fase, de todos modos, sería imposible volver a aquellos tiempos de los sesenta y setenta, en los cuales se tomaba como palabra revelada todo lo escrito por este pensador. Los aportes a la praxis social marxiana mantienen su vitalidad, con la ventaja que los aprovecharán no solamente quienes se consideren seguidores de las ideologías nacidas de la reflexión del autor de El capital. La posible “actualidad” de Carlos Marx en el siglo XXI se encuentra en medio de un caldo de cultivo esencialmente democrático –pluralista y sincrético en el más abarcador de los sentidos– que rescata como saludables las diferencias y los matices, y a partir de una concepción antropológica cada vez más integral de lo humano. Estamos muy lejos entonces del viejo materialismo mecanicista decimonónico, del chato positivismo de comienzos de la centuria pasada, y también del marxismo jacobino “de catecismo” vigente en los años setenta.

(Publicado originalmente en La Jornada Semanal, N° 663,
México, 18 de noviembre de 2007)

18.11.07

Tras las huellas del Che Guevara

Escribe
Rubén Mira


El 9 de octubre se conmemoró en el pueblo boliviano de La Higuera el 40º aniversario del asesinato del Che Guevara. El evento agotó los pasajes al lugar, previó la llegada de innumerables peregrinos de todo el continente, incluyó el recorrido de “la ruta del Che”, desde Santa Cruz de la Sierra hasta La Higuera pasando por Valle Grande, y fue una oportunidad única para medir el alcance y las formas con que la figura y el mito del Che habitan en el mundo hoy.

Santa Cruz de la Sierra

La higuera y el paraíso crecieron juntos. Abrazados, allá, en el fondo de la finca de Misiones, adonde Ernesto iba cuando era niño. El propietario del museo lleva a los visitantes a ver semejante testimonio. Pero la higuera y el paraíso, más que el resguardo de un maridaje anticipatorio, ofrecen una visión monstruosa. La higuera creció en un tirabuzón ascendente de protuberancias y brazos, envolviendo al paraíso que se esfuerza en subsistir. Michael me cuenta esta visión suya mientras buscábamos un taxi que nos lleve hasta Valle Grande, rumbo a La Higuera. Michael, mi compañero de viaje, es el corresponsal del Wall Street Journal en Argentina, está escribiendo un libro sobre el retrato del Che realizado por Korda. Ahora, la cumbia distorsionada por un volumen al máximo me impide escuchar su voz. Vamos en un taxi reacondicionado. Se llama así a los autos que fueron dados de baja en algún lugar de Oriente y llegan a Bolivia sin papeles, con el volante a la derecha. Los reacondicionan en un taller de La Paz. El volante queda a la izquierda, pero el instrumental sigue frente al asiento del acompañante. El nuestro tiene, de adentro, calcomanías en indescifrables caracteres, de afuera, sobre los guardabarros, en perfecta simetría, un calco del rostro del Che y otro del cowboy de Marlboro. Conozco este impensable nivel de condensación simbólica, este corrimiento extraño: es el cóctel boliviano. Está empezando a subir.

En el camino

El foco inicial del mito se encuentra en 1967. Al mismo tiempo en que se exhibe públicamente el cadáver del Che en Valle Grande, comienza en el mundo la difusión masiva de la imagen de Korda. Este pasaje, de la muerte a la inmortalidad, de la experiencia del monte a la cultura del poster, es el triunfo revolucionario de la era del pop sobre todo tiempo pasado. El traspaso de la energía del cuerpo a la de la imagen construye un símbolo que carga en sí todo el sentido necesario, como una granada lleva en su interior el estallido, la expansión y la muerte. Después el cuerpo y el retrato se fragmentaron en esquirlas: relatos, versiones, conjeturas. Michael escucha mi hipótesis como puede: el mito del Che nació perfecto, todo lo que vino después, el antes, es una consecuencia y no un origen. Por eso suena a redundancia y tiene, más que la intensidad épica de una construcción, el aroma amargo de una lenta descomposición. Cualquier intento de llenar los blancos se precipita en una estafa emocional. Es en su productividad en donde el mito debe ser interrogado, no en su origen.

Valle Grande

Lo primero que vimos al llegar fue el camión de Cuba el Che. Estaba cubierto con gigantografías: una imagen del retrato de Korda, una modelo en bikini con una botella de dos litros y, al fondo, una playa junto al mar. Cuba el Che, un cuba libre de izquierda, el cóctel boliviano envasado en origen en botellas individuales o de dos litros. El camión estaba en la plaza del mercado popular, rodeado de puestos de frutas y verduras, de curanderos vendiendo pociones mágicas y sacamuelas ambulantes, de niños sentados entre bolsas inmensas del pochoclo más grande del mundo que parecían esperar la llegada de gigantes o de extraterrestres, todo agitado por el ritmo de altoparlantes improvisados, con cumbias y voceadores. Alrededor del camión, se había organizado una improvisada fiesta de la que participaban incluso los policías. “Acá todos queremos ser como el Che”, fue el primer chiste en alusión a la proximidad de la imagen del guerrillero y la mujer semidesnuda. Uno de los participantes del chispeante jolgorio pidió una foto con la “niña”. “Si viene Evo le vamos a pedir que manden catorce o dieciséis de éstas”. Según ellos, el presidente de Bolivia llegaría, transformado en un ekeko representante de top models.

Pero este punto de llegada era sólo una de las caras de la ciudad durante la vigilia de la conmemoración del 40º aniversario de la muerte del Che. A sólo dos cuadras del mercado –atravesando una calle bordeada de maniquíes y almacenes, la remera del Che junto a la camiseta de Ronaldinho, el poster con la reseña de los últimos días del Che al lado de un envase de mayonesa Ri-k– está la plaza del Centro Cívico. Allí, mientras se seguía esperando a los 10 mil participantes que vendrían desde toda Latinoamérica y el mundo, casi todo era marcial. En un pequeño escenario se escuchaban himnos rituales, un grupo heterogéneo de hippies y funcionarios deambulaban desconcertados frente a la ausencia de las masas. “Los cambas les sacaron la licencia a los transportes y los caminos están cerrados. Quieren boicotear el evento”, se escuchaba. “Evo llegará esta noche y estará en La Higuera mañana”, se murmuraba como si se tratase de pasar por un teléfono descompuesto un valioso secreto de Estado. En un banco de la plaza se debatía sobre la revolución inconclusa que podría retomarse, pronto, con el enfrentamiento entre el este camba y el oeste kolla bolivianos. Mientras, frente al palco, se repartían unos volantes para un concierto de rock en homenaje al Che, auspiciado por Coca-Cola.

Esta duplicidad, una moneda transparente en donde se superponen dos capas, una con el rostro fotogafiado por Korda y otra con el mismo rostro, pero intervenido por algún artista bufo del stencil callejero, volvió a ocurrir en la famosa lavandería del Hospital Comunal. En la pared exterior un pintor improvisaba un mural frente a una artillería de cámaras de fotos y filmadoras de los distintos documentalistas y medios internacionales al acecho de algún acontecimiento relevante. En la trastienda, frente a la misma pileta donde se exhibió el cadáver del Che en 1967, estaba Milton. Tenía 8 años entonces. Ahora, con 48, ejecuta para los turistas una rutina tragicómica: pone el cuerpo del Che en la pileta, acomoda los cuerpos de Willy y Chino en el piso, hace el recorrido que hacía la gente al pasar alrededor de los cadáveres y en medio de la mímica va intercalando la lectura solemne de los grafittis tallados en la pared, incluso escritos en inglés y en alemán, farfullando una jerga de sonidos gangosos. “Dicen que lo encontraron abajo de otros cinco cuerpos. Pero esos guerrilleros fueron enterrados antes. ¿Quién iba a levantar los cadáveres para enterrar al Che abajo? Dicen que usaron una pala Caterpillar, pero si en 1967 hubiese habido en Valle Grande una pala Caterpillar funcionando de noche, hubiese estado todo el pueblo mirando. El Che sigue acá.”

En Valle Grande, la diáspora del cuerpo del Che se transformó en un problema patrimonial. Por un lado, se trata del núcleo de un acontecimiento extraño, un problema de los otros, como también lo fue la guerrilla. En resumen: llévenselo. Por otro, es un signo de identificación y trascendencia, un suceso que justifica a toda la comunidad. En síntesis: es nuestro. Por eso, mientras los relatos no dejan de proliferar y todo se sabe, o se sabe de alguien que sabe dónde está enterrado, quién tiene la chamarra, el cuchillo, la boina, la foto, en el revés de la trama se ejecuta la permanente desmentida, el chiste, el ninguneo del personaje, del protagonismo, esbozando la posible trama de una novela que la experiencia de estar en la ciudad vuelve prescindible. Es inútil ir tras sus pasos.

Valle Grande es la moneda en la que cotiza el valor actual del mito. Aquí el cuerpo se transformó en un cadáver exquisito que se sirve en la plaza pública. O mejor dicho, se ha desdoblado, su fantasma deambula en el Centro Cívico, la carne sigue estando en el mercado.

En el camino

En la plaza del mercado, Michael compró una gorra con la imagen del Che y logos de los New York Yankies. Trato de delimitar territorios en base a una pequeña historia de las pintadas callejeras. Dos, de los años ’80. Una: EN MI HABITACION TENGO EL POSTER DE TODOS USTEDES. Firmaba El Che. La pintaban, en la avenida Corrientes, Los Vergara, nuestros letristas marketineros, los mismos profetas que asociaron el Che heroico y el che de Marrone. Y otra. Estaba en la plaza Roberto Arlt. Alguien había escrito, con orgullo: SEREMOS COMO EL CHE. Y abajo, alguien había hecho un agregado: FIAMBRES. Dos pintadas y dos tipos de risa. La primera, inmediata, tan brillante como efímera. La risa que nace de la ocurrencia feliz y que se desvanece en el imaginario VideoMatch de los distendidos años ’90: la risa de la inversión. La segunda, una risa retardada que, si ocurre, nace del desconcierto, del desamparo, del déjà vu de lo que va a venir: una risa amarga para rumiar. Ahora, que el humor está en todos lados y la risa se transformó en new age, elegir entre las dos pintadas, o entre dos modos de reír, parece transformarse en una opción ética o una decisión moral. Entre estas dos pintadas, entre estas dos risas, deambula el mito y su productividad.

La Higuera

Michael no podía parar de reír frente a la forma desconcertante de ese parque temático impensado. La única calle del pueblo, bautizada avenida 8 de Octubre, reparte ranchos que desembocan en la plazoleta de los monumentos. Son tres, el original parece amasado en barro y tiene algo de kolla apaleado, vestigios de lo que fueron sus sucesivas destrucciones por parte de la policía y los sucesivos reimplantes realizados por estudiantes universitarios. Más atrás está la gran cabeza de cemento, el vigilante rostro retratado por Korda mirando con una insólita cruz a su lado. Por último, la amistosa y pagana figura en bronce, que saluda, con un inverosímil cigarro en la mano, a los recién llegados. Las edades del mito, de su edad de tierra a su edad dorada, culminan en su milagro testimonial: los replicantes. Van vestidos con guerrera, llevan el pelo y la barba, y la boina con la estrella, y algunos hasta fuman cigarros. Ellos son como el Che y confirman, literalmente, lo que el peregrino vino a buscar a la meca: el Che vive y está aquí, en La Higuera.

Unos cincuenta metros más allá, está La Escuelita. Del lugar en donde tuvieron prisionero y mataron al Che no subsiste más que la miseria, una puerta y unos banquitos, rodeados de fotocopias de fotocopias de las pocas fotos de la guerrilla, y en un despoblado depositario una camiseta de Boca. Todo por medio dólar, pagados a un hippie de dudosa oficialidad.

Fotou, guán dollar, mister”, nos gritan, medio en broma, medio en serio, desde la vereda del almacén La Estrella. Allí, entre el grupo de lugareños, está Doña Irma. Se dice que en su almacén se mantiene vivo el ritual del Santo Che, pero adentro no hay ni velas ni altares, sólo un poster del Comandante rodeado de mujeres rubias en bikini promocionando cervezas y un relato recitado casi de memoria, que culmina en una noche extraña, un plato de sopa, un hombre herido y una sola frase: “Gracias, niña”. Es todo lo que le dijo el Che a Doña Irma, la mujer que hoy atiende, con las mismas manos, a sus esporádicos comensales. Para un peregrino, comer en La Estrella vendría a ser como si un creyente pudiera comer, en un restaurante de Jerusalén, una porción de pan y vino, atendido por el mozo de la última cena. Doña Irma sirve la comida, se sienta frente a los comensales y permanece en silencio, con una expresión sonriente y perdida. Luego pide tres dólares por el plato y cinco por el relato de la noche definitiva.

La recorrida por La Higuera se revela como el primer parque temático antiparque temático o el grado cero de una imaginación política. La recorrida breve contrasta tanto con las 8 horas sufridas por caminos de tierra para llegar, que la sensación que deja no es de decepción sino de absoluto desconcierto. Por eso los escasos peregrinos que se adelantaron deambulan como inofensivos muertos vivos, confirmando la sonrisa irónica de los lugareños que, desde sus umbrales, se dejan fotografiar junto a las múltiples imágenes del retrato de Korda que decoran las paredes de los ranchos. Mientras tanto, el equipo de sonido del escenario armado frente a la escuelita para la celebración nocturna comienza a emitir la voz inconfundible de Carlos Puebla gracias a la electricidad suministrada por un ruidoso grupo electrógeno perteneciente a la misión sanitaria cubana.

Sentado sobre una pila de palos de luz está Juan, un francés que armó una posada en el mismo lugar desde donde partió el llamado telefónico delatando al Che. Juan confirma que muy pronto habrá un tendido eléctrico y que, si las promesas de Chávez se cumplen, el asfalto unirá Valle Grande con La Higuera antes que Valle Grande con Santa Cruz. “Piensan que trayendo la luz van a dar vida a un pueblo sin vida. Hay que dar vida de otra manera.” Dice Juan. El conoce las ruinas incas de las inmediaciones, la belleza de las caminatas por los valles y desmiente que la piedra que señala el lugar en donde atraparon al Che sea auténtica: “El verdadero Yuro está más allá, como a dos horas, no a media hora. Pero, ¿qué turista quiere caminar dos horas para ver una piedra?”. Y nos muestra como prueba dos cartuchos de Mauser encontrados en el Yuro verdadero.

Cerca de la medianoche, apenas iluminados por los resplandores blancos de unas bombitas de bajo consumo, se agrupan arriba del escenario los funcionarios cubanos, venezolanos y bolivianos. Mientras, desembocan por los laterales las pancartas con los rostros gigantes del Che. Son los estandartes de la Gran Marcha, unas quinientas personas friolentas, gastadas por la caminata. Entre ellas está Joan, es suiza. Nos convida ron cubano y nos presenta a Guadalupe, una campesina pequeña y simpática. Ella nos cuenta que el Che mismo curó a sus hermanas días antes de su muerte, que profesó el culto al Che durante años pero ahora, al fin, comprendió que estaba en el camino equivocado. Los pastores rotativos que llegan al pueblo la ganaron para el evangelismo y ahora está haciendo el curso de alfabetización para leer la Biblia. Hablando con Guadalupe la noche nos ahorró los discursos mientras el ron pasaba de mano en mano. Recuerdo la escena que denominamos dos en uno: un ministro del gabinete de Morales cantaba acompañándose con una guitarra acústica una canción de protesta. Y la escena que denominamos Hasta la Victoria: dos o tres expedicionarios se empeñaban con una pala y un pico, levantando chispas en el suelo de piedra, para plantar el sostén de una fogata que durase hasta la madrugada.

Cuando, ya mareados, nos fuimos a dormir, los expedicionarios se habían rendido, un replicante del Che ajetreaba una guitarra frente a una pila de ramas retorcidas, apiladas a la ligera, y las llamas daban movimiento a las sombras que deambulaban entre los monumentos. Algo más lejos, la avenida 8 de Octubre ofrecía un panorama más sombrío. De un lado, las camionetas 4x4 que habían trasladado a los funcionarios; del otro, un amontonamiento de cuerpos envueltos en mantas y tapados hasta sus cabezas. Dormían, pero parecían muertos.

En el camino

En el taxi del hijo de Doña Irma volvemos a Valle Grande. Trato de explicarle a Michael mi sensación de cansancio y de dolor. Le hablo de la importancia de la imagen del Che en la invención de la juventud latinoamericana, de mis hermanos mayores, de los muertos queridos. La ruta de la muerte, dice Michael. Tiene puesta una remera de su última travesía en bicicleta: la ruta que une La Paz con Coroico. Es poderoso el conflicto entre la fantasía del hogar y el espejismo del viaje, o mejor dicho, entre la política y la guerra. El viaje, propongo, viene a llenar el vacío que dejó la guerra. Vaivenes del mito: en el mismo momento histórico de la mausoleización del cadáver, el movimiento inverso, ir hacia el origen, hacia la adolescencia salvaje. Rituales en Valle Grande y en las mejores salas de tu barrio. Es lógico que en el regreso a casa del setentismo periférico a la lucha armada, el guerrillero heroico devenga en nuestro Jack Kerouac tardío.

Santa Cruz de la Sierra

El acto de cierre, con la presencia de Evo Morales, se realizó junto a la Fosa del Che, en Valle Grande, el lugar en donde supuestamente estuvo enterrado y sobre el cual se construyó un chalet al que sólo le falta la cruz para ser una iglesia. Las mismas personas, las mismas banderas, pero con sol y la guardia de niños del presidente de Bolivia. Iba a ser una gran fiesta, pero cuando volvió a cantar el ministro nos tuvimos que ir. No teníamos pasajes. Sabíamos que la tarea de volver sería difícil, pero nunca pensamos que podría resultar imposible. Los micros completos por tres días, los taxis desaparecidos. Sólo un milagro podría salvarnos de perder el avión. Y el milagro llegó porque lo necesitábamos, porque lo pedimos. Llegó de una forma explícita: el camión de Cuba el Che avanzando en la carretera polvorienta.

Ya recostados contra las pilas de botellas de refresco, frente a la pantalla perfecta que encuadraba la caja abierta del camión, la imponencia verde de la montaña al atardecer me trajo, por primera vez, ecos de un pasado bucólico. El hombre solo en el monte, lejos de los escritorios y las burocracias, luchando por darles un sentido a la vida y a su experiencia entre los hombres. Cierta complementariedad telepática vino al rescate. Michael comenzó a contarme una anécdota que a su vez le había contado un amigo suyo, un americano. Resulta que el amigo americano es gerente de un hotel galáctico. En ese hotel están terminantemente prohibidos los animales, contaba Michael mientras yo miraba las montañas. Pero llega un pasajero diabético. El pasajero tiene un perro que detecta sus ataques y su perro va con él a todos lados. El amigo americano le recuerda la prohibición. El cliente le presenta al perro: el perro tiene un collar de diamantes y un rolex en cada una de sus patas delanteras. Sigue Michael mientras yo escucho en silencio. Desde la ventana de su despacho, el amigo de Michael tuvo que ver cómo el perro se paseaba por el impecable jardín del hotel, mientras su jefe de botones lo seguía unos pasos atrás, con guantes de goma, una escobilla y una pala. La montaña ya era sólo un trozo de cielo negro chocando contra un trozo de cielo estrellado.

Sólo después pensé en el cóctel boliviano y su resaca: la lectura literal de cualquier contraste constituye una forma flagrante del analfabetismo. Pero recuerdo que entonces, en ese momento, pensé en la higuera poliforme ahogando al raquítico paraíso. La forma infernal que adquiere una ideología que lo invade todo nos hace desear un descanso edénico y palurdo: el viaje al lugar adonde, al fin, nada signifique nada.

(Publicado orignalmente en el suplemento Radar, del diario Página/ 12,
Buenos Aires, 18 de noviembre de 2007)

15.11.07

Hobsbawm, Marx y la globalización

Escribe
José Andrés Rojo


Eric Hobsbawm tiene 90 años y es un referente indiscutible en el mundo de los historiadores. Autor de Historia del siglo XX. 1914-1991, Guerra y paz en el siglo XXI y su autobiografía Años interesantes, entre otros muchos títulos, defiende el poder de las ideas de Marx para analizar lo que ocurre en el mundo actual. Ayer, junto a Donald Sassoon y Josep Fontana, participó en un ciclo sobre Europa que organiza el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Así que pidió no hablar del Viejo Continente, pero trató de otras múltiples cuestiones.

- Weimar y Hitler. "Era inevitable politizarse en aquellos días. Vivía entonces en Alemania, y no podía ser socialdemócrata (eran muy moderados), ni nacionalista (era inglés y judío), ni me interesaba el sionismo. Así que me alisté en una asociación juvenil que, aunque se llamara socialista, estaba marcada por los comunistas. Asistí al colapso de la República de Weimar y participé activamente (lo que suponía correr muchos riesgos) en las elecciones de 1933 que ganó Hitler. Fue entonces cuando salí a Inglaterra y empecé a estudiar en Cambridge".

- Treinta años de guerra. "Con la guerra de 1914 terminó el mundo de la gran cultura burguesa. Vinieron después más de treinta años de guerras, revoluciones, inestabilidad y crisis, una época catastrófica. Cuando terminó la II Guerra Mundial entramos en una aceleración de la economía, la sociedad y la cultura que no ha cesado. No fue un salto, fue un crecimiento continuado. Internet lo ha transformado todo, y sólo tiene 15 años".

- El poder del marxismo. "Los marxistas creían que la clase obrera iba a crecer, cuando lo que ha pasado es que ha decrecido y que países como Estados Unidos o Inglaterra incluso se están desindustrializando. La lucha política basada en la lucha de las clases ya no es muy efectiva. Pero Marx sobrevive en su concepción materialista de la historia y en su análisis del capitalismo. En el siglo XIX ya vaticinó la globalización, y cuando se celebraba el 150 aniversario del Manifiesto Comunista, las crisis económicas del sureste asiático y de Rusia en 1997 y 1998 confirmaban sus predicciones. El poder del marxismo sigue intacto. No así muchas ideas políticas de Marx que obedecían, más que al análisis, a sueños de igualdad".

- La revolución rusa. "El socialismo triunfó en países atrasados y su obsesión fue modernizarlos. En la Unión Soviética la idea era desencadenar una rápida industrialización, y si para hacerlo era necesario recurrir a procedimientos autoritarios, pues adelante. No quiero justificar los campos de trabajos forzados, que son injustificables, pero los logros fueron extraordinarios. Durante la II Guerra Mundial, la Unión Soviética no sucumbió, sino que derrotó al enemigo más poderoso: el ejército alemán. No lo hizo movilizando a las masas. Lo consiguió porque era un país industrializado con notables avances tecnológicos y con gente preparada. El modelo para conseguir una industrialización tan rápida fue el de la economía de guerra. El precio fue no lograr que la economía tuviera una dinámica propia".

- Putin y los gánsteres. "No se comprende sin la crisis de 1991. Entonces se vio claro que el afán de hacer de Rusia un Estado capitalista a toda velocidad era incluso más difícil que industrializar un país atrasado. Fue tal el cataclismo que Putin por lo menos ha conseguido que el Estado funcione. Si la economía cayó en manos de los gánsteres, lo que ha conseguido es que éstos obedezcan al Estado".

- Los fundamentalismos. "Afecta a todas las religiones. En el caso islámico, la revolución que triunfó en Irán tenía una fuerte voluntad de consolidar un Estado, centralizarlo y modernizarlo. Los fundamentalistas judíos son desde 1967 los más acérrimos defensores de Israel y reclaman sus ambiciones imperialistas. Y no hay que olvidar el giro fundamentalista de los católicos con los últimos papas y de las comunidades protestantes en Estados Unidos".

- El terrorismo islamista. "Su poder militar es mínimo. El atentado en Nueva York no llegó a desestabilizar la ciudad salvo durante unas horas. Hay que subrayar que hay lugares (Afganistán, Pakistán, el Oriente Medio) donde los grupos terroristas juegan políticamente un papel importante, y no se los puede despreciar. Otra cosa es el terrorismo islamista en nuestros países. Responde a una reacción antiimperialista, y no quieren que en sus países se imponga el capitalismo occidental. En Inglaterra, los terroristas reaccionan también contra la religión heredada de sus padres, más moderada. Suelen pertenecer a las élites, y su educación es superior a la media de sus países".

(Publicado originalmente en El País, Madrid, 13-11-2007)

13.11.07

90 aniversario de la revolución rusa

Escribe
Jorge Gómez Barata

De modo análogo a como ocurre en la naturaleza, en el desarrollo social predomina la evolución por medio de la cual se realiza una permanente e ininterrumpida acumulación de cambios cuantitativos y cualitativos que imperceptiblemente, sin que nadie lo auspicie, dan lugar al advenimiento de lo nuevo y de lo progresivo. En su magnifica combinación de evolución orgánica y progreso cultural, ciencia y espiritualidad, materia y conciencia, la historia humana reafirma la vigencia de tales procesos.

Para su normal desenvolvimiento, los procesos evolutivos requieren de condiciones ideales y de ambientes que permitan actuar a las leyes del desarrollo. En esas circunstancias predomina la llamada “la paz social”, etapas en las que, como ocurre en los países desarrollados, las elites dominantes, aunque no pueden evitarlas, logran administrar las contradicciones de clases y las crisis para alejar, incluso excluir las explosiones sociales y la ruptura del orden vigente.

Con todo y su magnificencia, las revoluciones sociales son sucesos extraordinarios, por cierto, sumamente escasos. Nunca hubo una revolución social en la esclavitud, jamás se desató una en África y en el Nuevo Mundo sólo Estados Unidos, México, Cuba y más recientemente Venezuela transitaron esos caminos.

Las revoluciones son grandes conmociones sociales, capaces de cambiar el perfil de una época, acelerar los ritmos del desarrollo de grandes regiones, incluso de todo la humanidad, modificar la secuencia de los procesos históricos y acelerar el progreso.

Auque hunden sus raíces en las contradicciones y necesidades económicas, las revoluciones son hechos políticos, jalones mediante los cuales las clases emergentes desplazan a los representantes del viejo orden, destruyen las estructuras que sostenían su poder e imponen las suyas.

Las revoluciones sociales son hechos positivos orientados en la dirección del progreso y, aunque son celebradas por sus protagonistas, suelen ser traumáticas y violentas, no tanto por ellas mismas como por la enconada resistencia que han de vencer. La crueldad, las venganzas, los ajustes de cuentas y el terrorismo caracterizan mejor a la contrarrevolución que a la revolución.

Por la grandeza de sus metas y propuestas, las revoluciones se abren paso con dificultad, no sólo por lo arduo que resulta destruir el viejo orden, sino por lo complejo de construir uno nuevo. Nada e más importante para la revolución que honrar sus compromisos y satisfacer las expectativas creadas por ella misma que, cuando no son resueltas, se levantan como adversarios formidables.

Con aquellas revoluciones que como la norteamericana y la francesa lograron llevar al poder a una nueva clase y concretar sus programas básicos, la historia se ha mostrado indulgente, sin echarle en cara que sus objetivos esenciales y sus tareas más universales no hayan sido todavía resueltas.

Nadie desmiente a la revolución de las 13 Colonias de Norteamérica por no haber cumplido lo preceptuado en la Declaración de Independencia y todavía se suspira por las promesas de: Igualdad, Libertad, Fraternidad de la Revolución Francesa.

El lento y zigzagueante avance de las grandes revoluciones, lejos de significar su fracaso ilustra acerca de la complejidad y trascendencia de sus tareas. La revolución norteamericana no liberó a los esclavos, no impidió el genocidio de los pueblos originarios ni emancipó a la mujer y, en cambio dio lugar al nacimiento de un imperio, rasgos negativos que no anulan su significado.

Lo que convirtió a la independencia norteamericana en una revolución e hizo de ella un paradigma, no fueron sus carencias sino la determinación y coherencia con que la vanguardia integrada por Jefferson, Adams, Hamilton, Washington y otros, iniciaron la lucha por la independencia en el Nuevo Mundo, fueron los primeros en deshacer el dominio colonial, creando además la primera república regida por leyes, con una Constitución y por una Declaración de Derechos.

La Revolución Bolchevique no fue igualmente afortunada, no porque fuera peor, sino porque desde el hondón del primitivo imperio de los zares, retó al capitalismo y se propuso tareas para la cuales probablemente la humanidad no estaba todavía lista. Tal vez fue adecuada pero prematura. Quizás el socialismo no es cosa del pasado sino del porvenir.

(Publicado originalmente en Librínsula, Año 4, Nº 201, 9 de noviembre del 2007)